domingo, 16 de octubre de 2016

Detenido exviceministro hondureño por asesinato de Berta Cáceres

Capturan a exviceministro de SERNA, Roberto Cardona por caso “Agua Zarca”. Foto de archivo tomada de Criterio.hn

Telesur  -  15 octubre 2016

El exfuncionario enfrentará una audiencia inicial el próximo 11 de noviembre. Cardona también fue acusado en 2015 por presunto tráfico de influencias en un millonario desfalco al Instituto Hondureño de Seguridad Social (IHSS).

Autoridades hondureñas detuvieron al exviceministro de Recursos Naturales y Ambiente, Roberto Cardona, por el caso del asesinato de la líder indígena Berta Cáceres.

Cardona, que tendrá que pagar una fianza hipotecaria, enfrentará una audiencia inicial el próximo 11 de noviembre, cuando se conocerán formalmente las acusaciones en su contra.

El exviceministro, quien andaba prófugo, fue capturado por agentes de la Agencia Técnica de Investigación Criminal (ATIC) en Tegucigalpa.

Cardona amplió una licencia ambiental del proyecto hidroeléctrico Agua Zarca que ejecutaba la empresa Desarrollos Energéticos Sociedad Anónima (DESA), en el occidental departamento de Santa Bárbara, dijo un portavoz del Ministerio Público, Carlos Morazán.

Berta Cáceres, quien era coordinadora general del Consejo de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras (COPINH), se oponía al proyecto, que está paralizado desde marzo pasado, porque alegaba que causaría daños al ambiente.

Cáceres fue asesinada el 3 de marzo y desde entonces han sido capturados siete hombres, incluido Cardona, de los que seis son acusados como presuntos autores materiales del asesinato de la ambientalista en la ciudad de Intibucá, en el occidente de Honduras, donde vivía.

La familia de Cáceres duda de la versión de las autoridades sobre la muerte de la ambientalista.

Cuba desarrolla estrategias para dinamizar construcción de hoteles

La inmobiliaria Almest es una de las entidades mayores y más experimentadas de su tipo en la Isla. Ha participado como inversionista en la ejecución de la planta hotelera de los diferentes polos turísticos del país. Autor: Raúl Pupo, tomada de Juventud Rebelde.

La Habana, 16 octubre (PL) Autoridades de Cuba y del sector de la construcción de la isla desarrollan hoy varias estrategias para lograr un mayor crecimiento de la economía nacional a partir del turismo y los servicios asociados.

Según un reportaje publicado esta jornada por el diario Juventud Rebelde, entre las disposiciones adoptadas en el caso de la construcción de la planta hotelera del país figura la elección de mano de obra capacitada y eficiente.

De acuerdo con el rotativo, 'quizá por no conocerse a fondo los problemas que existen con la fuerza de trabajo en el sector de la construcción, llame la atención la presencia de trabajadores de la India en el hotel que se levanta en la capitalina Manzana de Gómez'.

La contratación de monitores-operarios indios en las obras -a cargo de la constructora francesa Bouygues- es totalmente coherente con lo estipulado en la legislación que regula estos contratos en Cuba, aseveraron al diario directivos de la empresa inmobiliaria Almest, una de las mayores y más experimentadas entidades de su tipo en la isla.

'Su presencia se debe fundamentalmente a la necesidad de recuperar los atrasos en la ruta crítica del cronograma constructivo. Se trata de operarios de la construcción de alta calificación y destreza, con experiencias en otras latitudes', señalaron.

El texto agrega que los trabajadores de ese país asiático se dedican fundamentalmente a especialidades como el enchape o al enmasillado. Otros son instaladores mecánicos o realizan distintos oficios y especialidades de alta demanda en ese tipo de obra.

Añade que su rendimiento 'es tres o cuatro veces superior al registrado como media en el país', el resultado del trabajo es de muy alta calidad y 'su presencia está impregnando un alto aprovechamiento de la jornada laboral, lo que redunda en una mayor productividad'.

No obstante, el reportaje da fe de que se encuentra en proceso de capacitación una masa de jóvenes cubanos, a quienes puntualmente se les enseñan especialidades muy propias de la construcción de hoteles.

De acuerdo con el citado diario, existe otro grupo de trabajadores de la India (alrededor de 120) que trabaja en el polo turístico de Varadero, unos 150 kilómetros al este de La Habana.

Según el vicepresidente de la Asociación Económica Internacional Arcos BBI, Bladimir Ayra, 'con la presencia de los trabajadores de la India en las obras estamos recuperando oficios que se han perdido'.

'Cerca de ellos ponemos a trabajar, por el período de tres meses, a nuestros constructores. Con ese sistema se apropian de sus técnicas y habilidades', comentó el ingeniero, quien aseveró que los monitores-operarios indios se distinguen por ser muy disciplinados en el aprovechamiento de la jornada y los procesos productivos.

Estrategias como esa responden al marcado interés de elevar la competitividad de Cuba en los mercados turísticos, lo cual también atraviesa por la diversificación y consolidación de forma acelerada de servicios y ofertas complementarias al alojamiento.

Minimizar el tiempo de ejecución de las inversiones, bajo el principio de mantener un nivel de presupuesto y calidad óptimos, es piedra angular para dicha estrategia, precisa Juventud Rebelde.

De acuerdo con Almest, las obras del referido hotel en la capitalina Manzana de Gómez finalizarán a inicios del año venidero. Será una instalación de lujo y lo explotarán el Grupo de Turismo Gaviota, de Cuba, y la cadena hotelera internacional Kempinski.

mem/tgp


La hora de Hillary

Por Ricardo Alarcón de Quesada

Publicado en Cubadebate el 15 octubre 2016

Hillary Clinton y Donald Trump durante el debate electoral. Foto: Rick Wilking/Reuters.

A menos de un mes de las elecciones norteamericanas aún es posible que Donald Trump resulte el ganador. Semejante escenario es contemplado con asombro y preocupación por quienes en Estados Unidos creen todavía en sus instituciones.

Cuando inició su campaña pocos tomaron en serio las aspiraciones del millonario que sintetiza las dos cualidades que para Octavio Paz definían la conducta imperial: arrogancia e ignorancia. De ambas hizo ostentación cuando enfrentó a los otros contendientes republicanos y ahora contra Hillary Clinton. A todo lo largo de esa trayectoria ha tratado de presentarse, demagógicamente, como si fuese un enemigo del “establishment” y portavoz de sus víctimas.

Basta leer sus propuestas para comprender que miente descaradamente. Su plan de reforma impositiva beneficiaría sólo a los que concentran las riquezas y perjudicaría a los que viven de su salario. Para colmo, caso único en toda la historia norteamericana, se niega a divulgar sus informes al Servicio de Rentas Internas, y por si fuera poco, ha alardeado de no pagar sus impuestos durante años. Al Capone fue enviado a la cárcel por ese delito. Pero Trump sigue recorriendo libremente el país donde lo aplauden miles de entusiastas seguidores.

Por todas partes, día tras día, repite un mensaje de odio, prejuicios y violencia. Es larga la lista de quienes son objeto de sus insultos y amenazas: los mejicanos y las mujeres, los musulmanes y quienes padecen discapacidades físicas, los inmigrantes y la comunidad LGTB, los que abogan por limitar el comercio de armas y quienes luchan contra la contaminación atmosférica y un interminable etcétera que incluye a los políticos republicanos que toman distancia de su discurso ultrarreaccionario y su lenguaje procaz.

En un par de ocasiones sugirió el asesinato de Hillary Clinton y en el debate con ella, ante millones de televidentes, la amenazó con encarcelarla caso de llegar él a la presidencia.

En cualquier país del mundo, y en Estados Unidos en situaciones normales, un personaje semejante perdería cualquier elección y probablemente sería recluido en una institución penal o en algún sanatorio. Trump, increíblemente, ha sido el centro de la campaña electoral y aunque muchos lo critican, tiene el respaldo de millones de electores.

La única posibilidad de derrotarlo es Hillary Clinton, la primera mujer en la historia con posibilidades de ser elegida. La diferencia entre ambos es abismal. No exageró Barak Obama cuando dijo que ella estaba más preparada que él -Obama- o su marido -Bill Clinton- para ejercer la presidencia.

Hillary tiene una larga trayectoria política desde sus tiempos juveniles y siempre ha sido vista como una enemiga por los grupos más conservadores que contra ella han desatado una campaña feroz en la que abundan las calumnias. Cometió errores, algunos de trascendencia indudable, hizo concesiones censurables, no siempre se mantuvo fiel a sus ideales de juventud. Pero lo mismo puede decirse de cualquier político norteamericano y ninguno ha sido sometido como ella al escrutinio implacable de todos los medios de comunicación -los de las grandes corporaciones y también los otros que circulan en el universo digital- que han examinado su vida al detalle y no pueden acusarla de haber cometido crimen alguno. El mayor cargo contra ella es haber abrazado el neoliberalismo como hicieron casi todos los de su partido y haber aplicado, como Secretaria de Estado, la línea belicista de la Casa Blanca.

Estados Unidos sigue siendo la potencia más poderosa pero su sociedad atraviesa una profunda crisis. La frustración y el malestar predominan en una ciudadanía cada vez más escéptica ante sus políticos. Donald Trump manipula esa situación y lo hace apelando al racismo, el individualismo brutal, la estulticia y la violencia que han estado presentes, desde su origen, en la nación que se cree superior a todo el mundo. Su candidatura ha sacado a flote lo peor de Norteamérica y lo ha convertido en una fuerza política organizada.

Hillary no representa una alternativa revolucionaria. Elegirla no producirá la transformación radical de la sociedad norteamericana. Pero en este momento ella es la única esperanza para detener la barbarie.

Es posible vencer a Trump. Pero hace falta que sea una derrota aplastante, una avalancha de votos que no solo ponga fuera de combate al inaudito demagogo sino que permita iniciar una etapa nueva en la que pueda ser derrotado también el “trumpismo”, esa enfermedad que corroe a la sociedad norteamericana y amenaza a la Humanidad.


Convivencia civilizada sin olvidar la historia

Estados Unidos dice que tiene la voluntad de respetar la soberanía de Cuba, a la vez que no renuncia a inmiscuirse en los asuntos del país

Estados Unidos dice tener la voluntad de respetar la soberanía de Cuba pero no renuncia a inmiscuirse en los asuntos del país. Autor: Cubadebate

Juventud Rebelde  - Juana Carrasco Martín
juana@juventudrebelde.cu
16 de Octubre del 2016 0:03:10 CDT

«Un nuevo día entre Estados Unidos y Cuba», así tituló su conversación del viernes pasado, en el Woodrow Wilson Center, la asesora de Seguridad Nacional de EE. UU., Susan Rice.

La funcionaria presentó la Directiva del presidente Barack Obama del 14 de octubre de este 2016, considerada el legado para quien sea su sucesor al frente de la Casa Blanca, con la pretensión de hacer «irreversible» la política hacia Cuba, que cambió el 17 de diciembre de 2014 en sus métodos —porque no funcionaban—, no así en las intenciones de doblegar a la respondona Isla caribeña.

Una política que ha pasado por los mayores grados de la agresividad con crímenes terroristas, lucha armada, invasión militar, guerra química y biológica y la inmutable guerra económica del bloqueo, hasta los flirteos con un mazo de zanahorias. Capítulo este de 57 años, pero que tiene raíces tan profundas que llegan hasta los albores del siglo XIX y aquellas Doctrina Monroe y «fruta madura» que no pocos creen todavía que debe caerles en el cesto.

Que podemos tener una convivencia civilizada, por supuesto, pero esto no implica que para «construir un brillante futuro», como planteó la señora Rice, tengamos que poner a un lado y olvidar el pasado. Las mejores relaciones se edifican cuando se reconocen los «errores», no porque fallaron y no dieron el resultado apetecido a sus intereses, sino que el acto de contrición debe ser verdadero, porque se admite la injusticia y se respetan soberanía, independencia y autodeterminación de una nación y de un pueblo en igualdad de condiciones.

La historia es prolija en actos hostiles de Estados Unidos hacia Cuba, de intervenciones, de despojo de una importante parte de nuestro territorio en Guantánamo —cuyo estatus, por cierto, la Directiva Presidencial dice que el Gobierno de Estados Unidos no tiene intención de modificar—, amparados en la Enmienda Platt de 1902. Las «sospechas mutuas y las relaciones profundamente hostiles entre Cuba y EE. UU.» no comenzaron con la Crisis de Octubre o Crisis de los Misiles de 1962, como afirma en su discurso la Asesora de Seguridad Nacional: «el 14 de octubre de 1962, un avión estadounidense U-2 volando alto sobre Cuba fotografió la construcción de silos de misiles ofensivos nucleares en la isla». Acto de guerra de un avión espía violando el espacio aéreo de una nación independiente.

Usando el engañoso y enmascarador término de «embargo», el criminal bloqueo es presentado por la alta funcionaria en esta simple frase: «Por más de medio siglo, los Estados Unidos trataron de aislar y presionar a Cuba, cortando los viajes y el comercio, y limitando las oportunidades de interactuar a cubanos y americanos (estadounidenses)». Para colmo asegura que esa política (el bloqueo) «estaba basada en buenas intenciones. Pero, sencillamente, no estaba funcionando».

¿Cuál era el objetivo que debía perseguir el embargo-bloqueo por el cual todavía algunos creen que «la normalización es un error»? Susan Rice lo define así: «La dura verdad es que el embargo fracasó en su propósito declarado de derrocar al régimen de Castro, mientras dañaba al pueblo cubano».

Acaso esta admisión cierra esa página como se pretende. No, porque los cinco paquetes o bloques de medidas ordenadas por los Departamentos del Comercio y del Tesoro de Estados Unidos contienen acciones muy limitadas en su alcance y no desmoronan el núcleo de esta guerra económica, comercial y financiera. Cuando parece que se abren puertas, la intrincada maraña de regulaciones que conforman las Leyes del bloqueo son obstáculos casi insalvables, pero la intención de voltear la página expresada en más de una oportunidad por el Presidente deja en manos del Congreso la solución que parece insoluble.

En el discurso se pronunció por el involucramiento de Estados Unidos en lo que llama «reformas» económicas de Cuba y porque ello lleve a Cuba a unirse al resto del mundo. Ceguera o visión estrecha que desconoce los vínculos múltiples de la economía y la vida política cubana con decenas de países que sí saben de nuestras circunstancias y posiciones al punto de que, por ejemplo, han votado contra el bloqueo de Estados Unidos en 24 ocasiones consecutivas en la Asamblea General de la ONU y de manera casi unánime en los últimos años, cuando solo dos votos le han sido adversos: el de Estados Unidos y el de Israel.

Los lazos de Cuba, su participación —incluso destacada y reconocida— en numerosas organizaciones, foros, organismos, bloques de integración, dicen a las claras que solo un país nos ha pretendido aislar sin lograrlo, y ahora se presentan como el abridor de las puertas que solo mantienen cerradas en el campo comercial y financiero porque aplican sanciones extraterritoriales que atemorizan e inmovilizan en lo económico a terceros países.

Los cambios regulatorios de Estados Unidos que deben incrementar los viajes y el comercio, se quedan menos que a medias. ¿Dónde está el derecho constitucional de los estadounidenses de viajar libremente a donde les plazca sin necesidad de una licencia que abarca 12 categorías, pero no la de turista? ¿Dónde queda el principio del libre comercio, el de ida y vuelta? ¿Acaso se ha podido aplicar la autorización del uso del dólar en las transacciones financieras internacionales de Cuba? ¿Cuándo tendrán los bancos cubanos la posibilidad de tener cuentas corresponsales en Estados Unidos y los viajeros o funcionarios cubanos utilizar tarjetas de crédito y de débito como cualquier otro mortal? ¿Cuándo se podrá exportar e importar productos de uno y del otro y de cualquier índole, sin necesidad de medir el origen de sus componentes en tal o más cual por ciento o de certificar quién los produce?

¿Dónde está el libre flujo de información si estaba negado para Cuba el acceso directo por internet del propio discurso de la Asesora de Seguridad Nacional en el Woodrow Wilson Center?, donde explicó los beneficios de las relaciones bilaterales, que sin dudas los hay en campos de cooperación que se han ido identificando en los casi dos años de relaciones, pero que podrían ser muchos más.

Susan Rice ha visto y mencionado algunos de los beneficios que puede reportar a EE. UU. esa cooperación con Cuba —conocidos y compartidos por no pocos en el mundo— en temas relativos a la seguridad como el enfrentamiento al terrorismo, al narcotráfico y a los delitos transnacionales, así como a las amenazas globales a la salud que representan enfermedades como el Zika.

Sin embargo, las informaciones que recibió la gran mayoría de los ciudadanos de EE. UU. que siguieron las noticias sobre la Directiva Presidencial y las últimas medidas aprobadas resaltaban una de ellas por encima de todas las otras: la posibilidad de que los viajeros compren en Cuba o en terceros países y lleven a Estados Unidos el ron y el tabaco cubanos «para su uso personal», aclara la medida anunciada el viernes. ¿Cuándo podrán tenerlos en la esquina de su casa, incluso con aquellas marcas que le han sido usurpadas a las industrias cubanas o mixtas con socios en los negocios que no son estadounidenses?

Un elemento llama poderosamente la atención en el discurso de Rice que explica la disposición de la actual administración estadounidense «a comprometerse más en la realización de negocios con Cuba», son enfocados «al naciente sector privado» y a «la gente joven», y presenta lo que es política del Estado cubano aplicada desde hace más de una década y potencializada en las líneas de la actualización económica del país, como un «logro» a partir del anuncio de restablecer las relaciones diplomáticas y hasta de la visita del presidente Barack Obama a La Habana.

«Nosotros queremos hacer todavía más para involucrarnos y hacer negocios con Cuba», afirmó Susan Rice.

Pero hay otra frase que desquicia en su detallada puntualización del «nuevo día» que se abre para Cuba con las relaciones bilaterales y el involucramiento estadounidense en la construcción del futuro cubano: impulsar una participación mayor en el crecimiento del país y «especialmente de los miembros de las comunidades marginadas como los afrocubanos». ¿Por qué no hacer eso en su propio país, con sus pares étnicos, donde por motivos de discriminación racial, pero también porque son pobres o menos favorecidos por la fortuna tienen mayores posibilidades de ganarse un disparo mortal de la policía?

La retórica incluyó el «compromiso de promover el respeto a los derechos humanos y los valores universales en Cuba», por supuesto de acuerdo a su medida. Se quiere obviar que Cuba se ha comprometido, cumple, respeta y hace respetar 44 de los 61 instrumentos de los convenios y el derecho internacional en este acápite, mientras Estados Unidos apenas alcanza o reconoce 18 de ellos. Hay entonces mucha tela por donde cortar en el intercambio sobre este tema, que ya va por una segunda ronda de encuentros y deja al descubierto grandes diferencias y con una larga lista de violaciones de Estados Unidos hacia los derechos de sus propios ciudadanos e incluso de otras naciones y pueblos. ¿Cómo protege EE. UU. derechos tan elementales como la vida, la paz y el desarrollo?

Una cosa dejó claro el discurso de Susan Rice en el discurso explicativo del Wilson Center: «Estados Unidos respeta la soberanía de Cuba y de su derecho a la autodeterminación. El presidente Obama insiste en que Estados Unidos no tiene intención de imponer un cambio de régimen en Cuba».

Menos mal. Podemos seguir adelante en el proceso —evidentemente largo y complejo— de llegar a relaciones normales, como las de cualquier vecino, esperando que siempre prime la convivencia civilizada, cada uno a su forma, con su historia, su cultura y su legado.