sábado, 23 de mayo de 2015

OTRAS RUINAS DE PALMIRA

Jorge Gómez Barata

“…Aquí se alzó en otro tiempo una ciudad opulenta; existió un imperio poderoso… ¡He aquí lo que resta…! ¡Un lúgubre esqueleto!... ¿Dónde existen aquellos baluartes de Nínive, aquellos muros de Babilonia, aquellos palacios de Persépolis, aquellos templos de Balbek y de Jerusalén? ¿Dónde están las flotas de Tiro, los astilleros de Arad, los talleres de Sidón…?

Así, impactado por el esplendor degradado de lo que fue la magnífica  Palmira fundada en el siglo II, escribió Constantin-Francoise Chasseboeuf, conde de Volney, en uno de los libros más leído de todos los tiempos: Las Ruinas de Palmira o Meditaciones sobre las Revoluciones de los Imperios. 

El libro llegó a mí como parte de una bibliografía de aquellas que la doctora Estrella Rey, una ilustre catedrática de la Universidad de la Habana, indicaba a sus discípulos cuando explicaba lo que ella llamaba: La parábola del despotismo presente en las civilizaciones del Oriente Medio que van del impresionante esplendor a la ruina más absoluta y de nuevos períodos de auge a catástrofes todavía mayores… 

Palmira, que significa lugar de las palmas o palmar, es una ciudad siria fundada por Salomón en el siglo II y cuya historia, como todas las urbes del Oriente Medio, está ligada tanto a los orígenes de la civilización como a interminables ciclos de violencia, guerras y conquistas protagonizadas por los imperios y los sátrapas que,  seglares o eclesiásticos, oprimen a pueblos que parecen creados para probar la capacidad humana de sufrir y soportar.

Lo curioso de Palmira es que debe la fama no al esplendor de su civilización,  su arte y su industria, sino a sus ruinas, mismas que el olvido y no la preocupación conservaron y la convirtieron en un Patrimonio de la Humanidad en una zona donde se honra lo vetusto y se descarta el progreso.

De estudiante me resultó curioso la historia de Palmira ligada a dos mujeres que merecieron mejor destino. Una fue la reina Zenobia, viuda  de un emperador romano, que vencida por otro fue humillada al exhibirla tirando de un carro con arcenes de oro. La lady Hester Stanhope, una bella, desinhibida y audaz exploradora británica, llamada la Reina Blanca de Palmira, que desde 1813 hasta su muerte trató sin éxito de emular a Zenobia, invirtió en ello su fortuna y murió cerca de Damasco abandonada y pobre.

Asediada una y otra vez por los romanos y otras fuerzas de la región, en 273 los musulmanes la tomaron en el año 634 y en 1089 un terremoto completó la obra y paralizó su historia. Desde entonces, existen las ruinas que ahora serán convertidas en polvo por otros musulmanes del llamado Estado islámico, los más temibles depredadores engendrados por el género humano.

“Las Ruinas de Palmira” fue editado por primera vez en Londres en 1807. Por su liberalismo y su fino ateísmo, fue una de las obras más populares del siglo XIX hasta que en 1846 el Vaticano lo incluyó en el Índice de Libros Prohibidos. Las ruinas de Palmira dejaran de ser notables porque más devastadas quedaran las ciudades de Siria, Babilonia, Yemen y Afganistán.

Debido a que en muchas partes del mundo hay palmeras, existen también muchas comarcas y ciudades llamadas Palmira. Recuerdo ahora las de España, Colombia, México, Panamá, Cuba y La Florida, donde una espléndida avenida es llamada Palmetto, debido a que allí, las palmas eran enanas. 

No voy a discutir la consideración, a veces exagerada, con que son tratadas las ruinas legadas por guerras y tiranías, pero las que ahora dejan a su paso las dictaduras, los imperios y los teócratas, son monumentos a la estupidez humana.

Difícilmente Palmira sobreviva a la barbarie del Estado Islámico. Más terrible es la suerte de los miles de sirios que no vivirán para llorar la perdida y peor la de aquellos a los que se les negó la oportunidad de nacer. Allá nos vemos.

La Habana, 23 de mayo de 2015