sábado, 14 de junio de 2014

EN CUBA: REFORMAS Y PROGRESO (I)

Jorge Gómez Barata

“Ser próspero es la única manera de ser bueno”
                     José Martí

En Cuba, donde los cambios se realizan sin apertura informativa, sin debate social y en un clima de abstinencia de las estructuras políticas, ha comenzado un intercambio que se aproxima a cierto estándar de la izquierda latinoamericana, la cual asume el progreso como su proyecto político.

Ese énfasis recuerda el programa original de la Revolución Cubana que inscribió en su bandera: “El problema de la tierra, el problema de la industrialización, el problema de la vivienda, el problema del desempleo, el problema de la educación y el problema de la salud del pueblo; he ahí concretados los seis puntos a cuya solución se hubieran encaminado resueltamente nuestros esfuerzos, junto con la conquista de las libertades públicas y la democracia política”. 

En lo que atañe a la sociedad y a sus estructuras económicas, políticas, sociales y culturales, los cambios son pasos adelante o son retrocesos. Cuando ocurre lo primero se trata de reformas.

En Cuba, a partir de la convicción de que “El modelo no funciona…”, inspirado por Fidel y conducido por Raúl Castro, se despliega un proceso de reformas para hacer mejor al socialismo.

La necesidad de cambios fue evidente desde que, debido a problemas estructurales (económicos y políticos) insolubles y los acosos desde el exterior, los regímenes socialistas de Europa Oriental y la Unión Soviética, abdicaron a favor de la restauración del capitalismo.

La receta era inaceptable para la Revolución Cubana que no podía emprender reformas porque nadie tapa goteras bajo un aguacero, ni realizar cambios estructurales profundos cuando al bloqueo norteamericano se sumó  el colapso de la economía, la pérdida de todos los aliados políticos, el debilitamiento de los paradigmas teóricos y de las bases ideológicas del proyecto socialista.

En aquellas circunstancias la Revolución hizo lo debido, llamó a la resistencia, aplicó medidas de emergencias y abrió un paréntesis conocido como “Periodo especial”, término tomado del argot militar que describía el peor escenario que el país podía experimentar en caso de una invasión norteamericana y un bloqueo naval total; momento en que se llegaría a una “opción cero”: cero combustibles, cero alimentos, medicinas, armas y etc.

No hicieron falta los destructores americanos pues la “opción cero” llegó cuando la administración rusa, que heredó todo de la Unión Soviética menos sus lealtades, no pudo y no quiso honrar los compromisos políticos adquiridos, con lo cual, de hecho, se estableció un “doble bloqueo”.

Los más alertas sabíamos que el período no era un paréntesis, en el sentido de que una vez cerrado todo seguiría igual. Era obvio que Cuba no podía triunfar haciendo las cosas del mismo modo que llevó a los otros al fracaso, y que en algún momento habría que cambiar y cambiarlo todo, menos el proyecto revolucionario original, que era establecer la justicia social, hacer progresar al país y avanzar cuanto fuera posible en la edificación de una sociedad más justa.

La Revolución, que no inventó las estructuras y las prácticas del socialismo real, muchas de las cuales no eran principios sino deformaciones, no tenía con ellas compromisos. Fidel fue claro, no se podía y ni había que preservarlo todo. El programa era resistir para: “Salvar las conquistas de la Revolución y el socialismo”.

Veinte años después las esperadas reformas se pusieron en marcha en forma de una “actualización del modelo económico”, una limitante autoimpuesta que achica el horizonte de los cambios, y que a la larga pudiera crear dificultades incluso para remover los nudos que traban a las fuerzas productivas que no son económicos. Luego les cuento lo que creo y porqué. Allá nos vemos.      

La Habana, 14 de junio de 2014