viernes, 24 de junio de 2011

HACIA LA CONFERENCIA DEL PARTIDO (IX): EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN EN CUBA

Jorge Gómez Barata

Hay pocos terrenos en los cuales las ciencias sociales hayan errado tan convincentemente como en la cuestión del Estado. Demonizado por el liberalismo y el marxismo, en la práctica es sacralizado por ambos. Los liberales lo atacan a favor del mercado, aunque lo endiosan como herramienta para gobernar; mientras los marxistas que teóricamente lo satanizan y suspiran por su extinción, le confieren súper poderes porque lo necesitan para asegurar la presunta hegemonía de la clase obrera. Héroe o villano el Estado es imprescindible.

En honor a la verdad nunca existió una “teoría marxista del Estado”. Los criterios en ese ámbito se formaron a partir de los pronunciamientos de Federico Engels que, con algunas notas de Marx y los criterios del antropólogo norteamericano Lewis H. Morgan, en 1884 escribió El origen de la Familia, la Propiedad Privada y el Estado. Treinta y tres años después, en El Estado y la Revolución (1917), Lenin glosó las opiniones de Engels y los juicios que este había tomado de Morgan.

De ese modo aquello que estudiamos como la teoría marxista del Estado son puntos de vista antropológicos y políticos a los cuales Engels y Lenin añadieron enfoques personales incorporando los criterios del determinismo económico y la lucha de clases del marxismo. Andando el tiempo, aquellas reflexiones, como toda la sociología marxista fueron congeladas y convertidas en dogmas.

Al no tolerarse la indagación ni la crítica, respecto a la cuestión del Estado, tampoco hubo innovación, creatividad ni desarrollo. La ecléctica pseudo doctrina resultante de las ideas de Morgan, Engels y Lenin, las del liberalismo clásico asumidas sin confesarlo y un rosario de opiniones circunstanciales acerca del poder, la democracia y la institucionalidad estatal, predominaron en la Unión Soviética hasta el fin de sus días y, en parte, están vigentes en Cuba, donde más que legado son lastre.

En las aulas y en los textos, el Estado es un villano, un ente clasista, violento, despreciable y condenado a la extinción, mientras en la práctica es el gran demiurgo del universo a quien confiamos la economía, el poder político, la educación de los niños y el cuidado de los enfermos, la administración de justicia, el trazado de las políticas sociales y culturales y la atribución para fijar las reglas y velar por su cumplimiento.

Personalmente admiro a Morgan, un científico por vocación, abogado, empresario y Senador de los Estados Unidos que con sus estudios hizo más que todos los políticos de su época por los pueblos originario de Norteamérica. Morgan es un precursor de la Antropología moderna, no la única autoridad en la materia, un estudioso que por vivir en el siglo XIX, careció de instrumentos científicos. Su metodología basada en estudios de Antropología Comparada y observaciones empíricas era discutible, incluso en su tiempo.

Asumido con criterios socialistas y utilizado en función de la justicia social, el progreso y el bienestar, en las sociedades avanzadas, el Estado es una magnifica herramienta para ejercer el poder con legitimidad, defender a los más vulnerables, impedir la corrupción y el abuso de poder, hacer las leyes y las reglas para la convivencia, velar por su cumplimiento, desplegar la democracia y la participación y servir de árbitro entre los diferentes actores sociales. Para ser juez, el Estado debe dejar de ser parte y para ser justo dejar de querer ser Dios.

Como señaló el presidente Raúl Castro: “El Estado puede regular sus relaciones con las personas pero no entre las personas…”; lo cual significa reconocer que existen fueros en los cuales el Estado no rige ni se inmiscuye. Cesar el paternalismo significa poner fin a la sobreprotección, pero también al autoritarismo de las instituciones que mediante decretos establecen regulaciones arbitrarias, limitan las libertades y los derechos ciudadanos. El Estado, expresión institucional del poder, que constantemente da lecciones, debe algún día recibirlas de humildad y admitir que no es todopoderoso, no es omnisciente ni tiene el don de la ubicuidad.

En cualquier caso parece que se trata de un tema con meritos suficientes como para suscitar reflexiones científicas y prácticas con vistas a renovar y fortalecer el arsenal conceptual con que cuenta la militancia revolucionaria, el Partido y el propio Estado en la búsqueda del perfeccionamiento de la institucionalidad socialista y en el empeño por hacer más democrática y participativa toda la gestión. Seguramente la próxima Conferencia del Partido abordará el asunto con la debida profundidad.

No se trata de renunciar a Marx, Engels y Lenin, sino de permitirles bajar de los altares y ser los pensadores y los lideres humanos que un día fueron; por cierto aquellos fueron sus días más brillantes y probablemente los más felices de su intensa existencia. Allá nos vemos.

La Habana, 24 de junio de 2011