sábado, 11 de junio de 2011

HACIA LA CONFERENCIA (VI): VANGUARDIA Y MASA

Jorge Gómez Barata

En fecha tan temprana como 1965, en El Socialismo y el Hombre en Cuba, al plantearse las metas y desafíos políticos e ideológicos de la Revolución, Ernesto Che Guevara profundizó en las relaciones entre la masa y la vanguardia que ubicó como elementos de los cuales dependen la coherencia y la solidez del proceso. En su lógica la vanguardia podía adelantarse tanto que se despegaba del pueblo; aunque también retrasarse respecto a él. La mala noticia era que también podía equivocar el rumbo en cuyo caso estaba obligada a rectificar.

Las revoluciones son grandes procesos políticos protagonizados por las vanguardias y los pueblos. En sus etapas tempranas, cuando las tareas son más claras, la vanguardia no afronta dificultades para interaccionar con la masa, responder a sus demandas y establecer un diálogo que refuerza la unidad y el consenso.

En cambio, cuando se logra el poder, transcurre el tiempo y muchas metas primarias se alcanzan, son satisfechas las urgencias materiales, se ensancha el horizonte y es más profunda la cultura y más diversa la información; aparecen reivindicaciones de naturaleza espiritual o subjetivas; la actividad de dirección requiere de herramientas sociológicas que permitan conocer: cómo piensan los diferentes sectores, cuáles son sus aspiraciones y cómo alcanzarlas.

Sería erróneo suponer que el destacamento avanzado madura y se hace más diestro mientras el pueblo evoluciona menos. Ignorar esa dialéctica puede derivar hacía la exageración del papel del sector dirigente y conducir a la excesiva tutela de la masa por parte de la dirección, que al asumir el papel de entidad omnisciente, yerra. Por esos caminos en los países del socialismo real, las otroras vanguardias se transformaron en elites y se distanciaron de los pueblos.

De la masa en Cuba forman parte los poderosos destacamentos formados por la clase obrera y el campesinado, la intelectualidad artística, científica y académica, los veteranos de todas las lides; la juventud trabajadora y universitaria, las mujeres liberadas de la esclavitud domestica y que constituyen la mayoría de muchos sectores profesionales, la sociedad civil y el movimiento social y cultural; los encargados de administrar la economía; los líderes y los cuadros políticos, avezados y legítimos. El conjunto es el capital humano de la Revolución.

Al llamar a su gabinete a: “Gobernar con los pies y los oídos pegados a la tierra…”, el presidente Raúl Castro tomó posición en un importante aspecto de la relación vanguardia-masa. El pueblo o el activo revolucionario, la sociedad políticamente madura sabe lo que quiere y el papel de quienes encabezan la lucha se refiere a encontrar los modos de encausar esas aspiraciones, darle formas y convertirlas en plan. El Partido encabeza la marcha porque sabe interpretar esos intereses y anhelos y es capaz de trazar las estrategias y tácticas para alcanzarlos.

Ninguna revolución evade su destino: de vanguardia se transforma en poder y el poder se ejerce no sobre la sociedad, sino en su nombre, aunque para ello sea preciso presionar sobre algunos sectores. El presidente de Cuba lo es de todos los cubanos; cosa que ocurre también con el Partido y con las organizaciones sociales.

La mejor noción de la democracia y la única que soporta la prueba del tiempo es la que asume el sistema político como una especie de “Contrato Social”. Obviamente un contrato supone partes e igualdad y equidad entre ellas. A eso llaman democracia; un estado de cosas que rebasa la noción estrecha y arbitraria acerca de que la sociedad se forma por gobernantes y gobernados y que sugiere una imagen de pastor y rebaño, propias de la democracia burguesa y que no puede ser el destino de las revoluciones.

El examen no termina ahora pero el espacio sí. Mañana será otro día y otra oportunidad para encontrarnos y reflexionar sobre metas y desafíos que el Partido, la Nación y la Revolución Cubana enfrentan y cuyos desenlaces son importantes; no sólo para el destino del socialismo en la Isla, sino para el movimiento revolucionario y progresista latinoamericano y para el conjunto de la izquierda. Allá nos vemos.

La Habana, 11 de junio de 2011

Alguien llamado Che Guevara

Por Juan José Oppizzi

Para que los lectores cubanos entiendan más cabalmente mucho de lo que diré aquí, estimo necesarias unas aclaraciones; nací y vivo en la región argentina llamada “Pampa”, un llano que abraza al país en el medio, que enverdece de fertilidad desde el río Paraná, el Plata y el océano Atlántico y que palidece de sequía a varias centenas de kilómetros tierra adentro. Nuestro gran Jorge Luis Borges (de geniales ficciones y de insólitas simplificaciones) alguna vez se plegó a la idea de que la Pampa fue un invento de la literatura. Nací y vivo, entonces, en un invento de la literatura que, por lo visto, se ha corporizado de una manera increíble: ¿acaso el arte no puede fabricar realidades? En esa llanura esmeraldina ocurrió gran parte de la historia nacional. Está poblada de recuerdos y de secretos que no me ufano de conocer, porque ella es demasiado grande. Sólo mencionaré una de sus paradojas: al verla, uniforme en sus campos chatos, cotidiana en sus árboles aclimatados, mansa en sus pueblos cordiales, uno podría creer que no la surca nada interesante, que no tiene un sabor hondo; ¡nada más lejos de su espíritu! Las paradojas de la Pampa están indisolublemente unidas a las del país argentino.

Y yo aquí narraré algunas de las paradojas que involucraron, en mi entorno, al hombre que honra el título. La primera es que supe de la existencia de alguien llamado Che Guevara justamente por la noticia de su muerte. A mis diez años de edad, escuché de modo vago que en mi casa hablaban de eso. Fuerzo la memoria y apenas recojo fragmentos de conversaciones, ya desprovistas de timbres y de rostros. Evoco, apenas sin el borroneo de la distancia, la sonoridad de esas dos palabras, las que yo unía, repitiéndolas, por simple juego fonético: “Cheguevara”. Ahora presumo –con buenas razones– que aquellos comentarios hogareños han de haber tenido un sabor muy típico de la época. Un año antes, el débil gobierno constitucional de Arturo Illia había sido echado de la Casa Rosada. Militares conducidos por el general Juan Carlos Onganía (y civiles conducidos por sus megatéricos intereses) asumieron el poder, no sin humillar groseramente al mandatario relevado, sacándolo a los empujones. A poco de andar, el dictador mostró delirios imperiales: entraba al predio de la Sociedad Rural (templo sagrado de la gran burguesía terrateniente) en una carroza tirada por cuatro caballos. Sus discursos revelaban un siniestro aire de perpetuidad. Pero el trasfondo de mayor peligro era su odio a todo lo que fuera estudio. Las universidades pasaron a figurar entre los objetivos prioritarios de la represión. Y el momento culminante de esa labor destructiva llegó durante el asalto, con tropas del ejército, a la Universidad de Buenos Aires. “La noche de los bastones largos” (una minuciosa paliza a alumnos y profesores, con su correspondiente añadidura de cárcel y expulsiones) significó el comienzo de una larga noche para el pensamiento libre. Entre miles de otras, dos palabras quedaron rigurosamente prohibidas: Che Guevara. Mi casa era un apéndice sociológico de esos tiempos. Vivíamos en el campo, en lo que en esta región del orbe se denomina “chacra”, parcela de pocas hectáreas y –en aquel entonces– de menos posibilidades, éramos parte del proletariado campesino; sin embargo, en ese ambiente prevalecía un rígido conservadorismo. Excepción hecha de los inmigrantes recién venidos de una Europa no tan lejanamente estrujada por el nazifascismo, el resto del campesinado creía –de la mano de las radios y los diarios cómplices o disciplinados por el régimen– que los estudiantes eran idiotas útiles, propagadores de ideas peligrosas; por lo tanto, su castigo, prisión o deportación (acaso también su muerte) era vista como una profilaxis social. No recuerdo haber oído pronunciar “Che Guevara” sino como sujeto para un predicado condenatorio, y exclusivamente en diálogos de intramuros; jamás en lugares públicos.

La historia –como suele ocurrir, pese a los intentos de ciertos historiadores– continuó marchando con su propia lógica, y así se llegó al momento en que los militares -y los más discretos civiles- que rodeaban al general Onganía se hartaron de sus veleidades de monarquía vitalicia y lo destituyeron en 1970. No obró en esta decisión ningún sentimiento altruista democrático, no; un levantamiento popular en la mediterránea ciudad de Córdoba (denominado “El cordobazo”) les informó que la presión de la olla social iba acercándose a grados críticos: un cuerpo de ejército en pleno se vio en figurillas para sofocar la rebelión. Tres años después se llamó a elecciones y la Constitución Nacional pareció volver a ser quitada de la categoría de alfombra para botas.

Mi adolescencia fue contemporánea de esa adolescencia del país. Hubo un período de tres años (1973-1976) en el que pudo hablarse nuevamente de todo lo que antes se prohibía. La figura del Che volvió a los ámbitos públicos; su biografía, sus fotos y su pensamiento se difundieron. Puedo afirmar que en esos años me encontré con él y que de ahí en adelante no nos separamos jamás; ocupa en mi apreciación el mismo lugar que los grandes hombres nacionales y mundiales; su efigie está, en mi espíritu, junto a la de los titanes que le dieron a la humanidad el fuego de un rumbo superador.

Pero la Escuela de las Américas seguía inyectándoles bestialidad a los castrenses alumnos que le venían de todas las regiones al sur del río Bravo. Y la adolescencia de muchos países latinoamericanos tenía las horas contadas. En la Argentina, el regreso del viejo líder Juan Domingo Perón –proscrito y exiliado durante diecisiete años– nos mostró a un anciano enfermo, con ninguna gana de encarar reformas sociales y políticas, cercado por un esotérico personaje llamado José López Rega, un ex cabo de policía que, amén de someter a la insignificante esposa del líder, María Estela Martínez, se transformó en el verdadero amo del país. En complicidad con los militares, formó un cuerpo de exterminio llamado “Alianza Anticomunista Argentina”, cuyas actividades fueron obvias y cuyos métodos fueron inéditos. A la muerte de Perón, en 1974, le siguió primero la expulsión de López Rega y luego el derrocamiento, en 1976, de María Estela Martínez –entonces Jefa de Estado por haber sido vicepresidente de su marido–, ya que los militares y sus mentores civiles, aunados al plan del atroz Henry Kissinger, no necesitaban ya de intermediarios para su labor.

En ese 1976 se produjo la segunda paradoja que involucró al Che: su nombre ya no fue sólo motivo de prohibición; se volvió pasaporte infalible para la muerte. Las bibliotecas, las cartas, los escritos políticos o cualquier forma de expresión que tuviera su nombre (o el de los pensadores, filósofos, líderes y personas puestos en las listas oficiales de censura) les acarreaba a sus poseedores el instantáneo pase a un limbo llamado “desaparición”. Según las cínicas palabras del general Jorge Rafael Videla –primer usurpador del cargo de Presidente de la República en esa etapa–, los desaparecidos eran una “entelequia”, no estaban ni vivos ni muertos. Luego de la restauración del orden constitucional, en 1983, se supo que la entelequia no era más que un horroroso eufemismo en el que entraron miles de personas torturadas y asesinadas.

Pero lo que no pudieron hacer los militares argentinos ni sus astutos auspiciantes civiles –como no pudieron los de otros países latinoamericanos, ni Henry Kissinger– fue borrar al Che. Acá, en mi país, volaba cotidianamente ya en el vocativo de uso habitual: “che”. ¿Cómo borrar un nombre que forma parte del lenguaje masivo? En Uruguay, Argentina y Paraguay el uso del “che” es tan frecuente como el del nombre de pila de las personas. Aunque fuese involuntariamente, el Che estaba en cada minuto de conversación de cada poblador. Además, de vez en cuando aparecía en los muros de cualquier ciudad su efigie, pintada en segundos sobre algún molde de papel.

Con el paso del tiempo, se produjo la readopción integral de Ernesto Guevara De la Serna como argentino; su presencia se asumió entre los elementos propios de nuestra historia y se incorporó al lenguaje de la sociedad.

Debo reconocer que tal proceso le deparó a la figura del Che las mismas vicisitudes ocurridas con otras figuras históricas argentinas, como San Martín y Belgrano, por mencionar algunas: ocupar un sitio de honor en el discurso general y no gravitar sobre la realidad. Ésa fue –y aún es– la tercera paradoja que lo rodea.

Sin embargo, su presencia en el inconsciente colectivo tiene una fuerza potencial que es siempre susceptible de volverse activa. Igual que todas las fuerzas que anidan en lo profundo de la humanidad, la simbolizada por el Che vigila, como Espartaco, aguardando el momento, y gravita, como la tierra misma, catalizando las ideas.


Presidencia de la República Bolivariana de Venezuela: Comunicado al pueblo venezolano

Granma reproduce la declaración leída por el canciller Nicolás Maduro

El Comandante Presidente de la República Bolivariana de Venezuela Hugo Chávez Frías, de acuerdo a los principios de la Revolución Bolivariana de comunicar de manera directa y oportuna asuntos de interés público, ha ordenado informar a nuestro pueblo sobre lo siguiente:

Luego de las exitosas visitas de trabajo a Brasil y Ecuador, donde se lograron importantes acuerdos que van a fortalecer la cooperación bilateral entre nuestros países, y mientras se desarrollaba la Xl Comisión Mixta Venezuela-Cuba, el Presidente Chávez, ya casi totalmente restablecido de la lesión en una de sus rodillas, presentó una nueva dolencia de salud, la cual fue evaluada de manera inmediata por su equipo médico de confianza.

Con el invalorable apoyo de Fidel, de Raúl y del excelente sistema de salud de la Hermana República de Cuba, se hicieron los exámenes diagnósticos, los cuales revelaron la existencia de un absceso pélvico que ameritó la decisión del Presidente Hugo Chávez de someterse de manera inmediata a un procedimiento quirúrgico correctivo.

Este procedimiento médico se realizó en la mañana de hoy, viernes 10 de junio, en la ciudad de La Habana, con resultados satisfactorios para la salud del Comandante Hugo Chávez, quien se encuentra iniciando el proceso de recuperación en compañía de sus familiares, su equipo médico y parte del equipo de gobierno.

El cuerpo médico estima que en breves días el Presidente de la República estará en condiciones de regresar de manera segura a Venezuela, aspecto sobre el cual se mantendrá debidamente informado a nuestro Pueblo.

El Comandante Chávez ratifica su voluntad inquebrantable de seguir trabajando por los supremos intereses de la Patria, y envía sus orientaciones a todo el Pueblo venezolano para continuar avanzando en el proceso de consolidación de la Revolución Bolivariana.

"Me consumiré gustosamente al servicio del Pueblo sufriente".

Hugo Chávez
La Habana, 10 de junio de 2011