domingo, 15 de mayo de 2011

EN LA ZAGA DEL CONGRESO: LOS CUADROS (IV)

Jorge Gómez Barata

El presidente Raúl Castro fue categórico: “Cambiamos o nos hundimos.” No es una disyuntiva, sino un aviso. Hundirse no es opción; es preciso cambiar.

LOS CUADROS

No recuerdo si alguna vez conté esta anécdota que guardo como un recuerdo de tiempos felices en que mi hija estaba cerca y éramos cómplices. Todavía lo somos pero de lejos se disfruta menos. El caso es que, a punto de terminar en la universidad, me comentó que como tema para la Tesis de Grado había escogió el de los cuadros.

—Excelente –le dije– es importante y actual.

Días después regresó a mi oficina (entonces tenía una)

—Papá recomiéndame un tutor, en la facultad nadie quiere, además excepto algunos discursos de Fidel y Raúl y unas ideas del Che Guevara, no encuentro bibliografía.

Hablé con un amigo que accedió a guiarla en aquella empresa y sumé algunos textos, especialmente sobre administración, técnicas de dirección y otras cuestiones afines. A los pocos días volvió.

—Papá: ¿Qué es un cuadro?

—De cuadro —le explique conozco unas 10 definiciones; no obstante en el sentido que tu lo preguntas: “Un cuadro es una persona calificada para ejercer funciones de dirección y habilitada para hacerlo”.

Ella como cualquier otro estudiante, seguramente buscó otras opiniones y otras fuentes, principalmente entre sus profesores y regresó a mí.

—Papá, cambie de idea. Voy a hacer la tesis sobre los manuscritos antiguos guardados en Matenadaran. Es más fácil que definir qué es un cuadro. No te apenes, tu eres uno de ellos.

Nunca supe si era coña o en realidad tenía de mi tan buena opinión y con un poco de esfuerzo averigüe que era Matenadaran.

El caso es que el tema de los cuadros, sin figurar en la agenda del VI Congreso fue un asunto al que el presidente Raúl Castro dedicó las palabras más duras y en torno al cual expresó frustración.

Como otros yo sabía por qué, además él lo dejó instalado: se trata de un tema estratégico que la Revolución no ha resuelto y del cual depende nada menos que su existencia. Ha llegado la hora del relevo y “los cuadros” para el reemplazo no están listos.

A propósito recordé que una persona que años atrás trabajó cerca del Presidente, entonces Ministro de las FAR, me contó que en una reunión en la cual se seleccionaba a alguien para ocupar cierto cargo, se presentó una lista de candidatos sobre los cuales los participantes opinaron; Raúl se inclinó por alguien y al preguntársele las razones de su preferencia, respondió: “Es el único que no conozco. Mientras promovamos sólo a los conocidos, la renovación será un mito y los peligros de que se introduzcan vicios como el favoritísimo, el amiguismo, incluso la corrupción y el nepotismo serán enormes”.

Cierta o no, la anécdota encierra una enseñanza, revela un defecto y expresa una paradoja que raras veces se tiene en cuenta: “El problema de los cuadros son los cuadros mismos”. Un asunto que ningún Estado tuvo antes ni tiene actualmente, excepto los países socialistas que, de modo voluntarista, han pretendido regular y conducir desde arriba, de modo vertical y centralizado procesos que en todas partes se resuelven espontáneamente. Tal vez las vanguardias socialistas, innecesariamente echan sobre sus hombros asuntos cuya solución concierne a la sociedad.

En los países avanzados la cuestión de las jerarquías sociales funcionales son dilucidadas institucionalmente y tanto la noción del relevo como la alternancia es instrumental, no generacional. En ninguna parte los funcionarios tienen la tarea de encontrar a sus sustitutos, entre otras cosas porque, de ser así, se ocuparían más de cerrarles el paso que de promoverlos.

En las empresas (privadas y públicas) se crean escalafones y los consejos de accionistas o de dirección designan los directores y otros altos cargos, las cooperativas escogen a sus encargados, los dueños a sus administradores y desde que se inventaron los currículum y las calificaciones académicas (siempre que no sean falsificadas o formales) no se necesita conocer a nadie; para ciertas funciones hay también ejercicios de oposición y en algunos campos se aplica la profesionalidad. La idoneidad demostrada es algo obvio.

En cuanto a la política, las bases de los partidos y las organizaciones sociales ubican a sus liderazgos, los pueblos y ciudades escogen a sus alcaldes, los electores a los diputados y la sociedad a sus gobernantes. La legislación establece requisitos y procedimientos, limita el tiempo en los cargos y en muchos casos establece la edad para ejercerlos. ¿Cuál es entonces el problema? El problema Raúl lo tiene claro: es la suplantación de roles que ha sido nefasta para el socialismo y que comenzó en la época de los bolcheviques.

La función del poder político es conducir a la sociedad en la elección de metas compartidas y prioridades, en la creación de marcos jurídicos e institucionales apropiados, aprobar leyes atinadas y justas, arbitrar entre los actores sociales, sin discriminar ni privilegiar a unos sobre otros, velar porque se cumplan las reglas de la convivencia y asegurarse que los procesos fluyan como la razón manda.

Al poder, sobre todo en el socialismo, le interesa que existan instituciones idóneas, acompañadas por una sociedad civil ilustrada y protagónica; todo ello sobre la base del consenso social, lo cual asegura óptimas condiciones de gobernabilidad; lo demás simplemente no le concierne.

Durante cincuenta años en la Unión Soviética se criticó a Stalin sin que ninguno de sus detractores tomara el toro por los cuernos: Stalin, el sucesor de Lenin, en medio de una feroz pugna por el poder, fue electo para el cargo por un comité central de 50 miembros, la mitad de ellos subordinados suyos; el pueblo soviético nunca votó por él; tampoco por Kruzchov, ni por Brezhnev; lo hizo en cambio por Yeltsin y se equivocó; tal vez le faltaba entrenamiento. Aquellos polvos trajeron muchos lodos. Allá nos vemos.

La Habana, 15 de mayo de 2011