sábado, 19 de febrero de 2011

La doble vara de EE.UU. mide a Venezuela y Puerto Rico; Rechaza Caracas declaraciones injerencistas

CARACAS, 18 de febrero.— El canciller venezolano, Nicolás Maduro, rechazó este viernes las declaraciones injerencistas del gobierno de Estados Unidos sobre la huelga de hambre encabezada por una decena de estudiantes de la derecha en la sede de la OEA en esta capital.

MADURO SOSTUVO QUE SU PAÍS NO NECESITA TUTELAJE DE NADIE.

Maduro rechazó el comunicado del departamento de Estado norteamericano que instaba al Gobierno venezolano a permitir la visita de José Miguel Insulza, secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA) al país y manifestaba su preocupación "por la salud y bienestar" de los huelguistas.

"Es lo que faltaba, el gobierno de EE.UU. inmiscuyéndose en asuntos de los venezolanos, en materia que solo concierne a los venezolanos", dijo Maduro.

El Canciller explicó que el Ejecutivo venezolano "ha venido abordando esta situación de manera respetuosa para no poner en riesgo la salud de los jóvenes estudiantes" que piden la libertad de dos diputados opositores, uno en espera de juicio por corrupción y otro condenado por complicidad en un homicidio.

Asimismo, Maduro fustigó los comentarios de Insulza y dijo que el funcionario chileno "está tergiversando el papel que debe cumplir un coordinador interno".

"La secretaría general no es ni un virreinato, ni nada por el estilo, que va a gobernar a todos los países de América y va a inmiscuirse", señaló en declaraciones difundidas por la estatal Venezolana de Televisión.

Tomado de Granma


MOROS Y CRISTIANOS (III)

Jorge Gómez Barata

No predomina en las revueltas del Medio Oriente y África del Norte el lema: Yanquis Go Home. Estados Unidos no teme que la izquierda antiimperialista pueda capitalizar las rebeliones en el Levante porque allí tal izquierda no existe o es muy débil. De esa situación son responsables: cruzados, colonialistas, imperialistas, sionistas; además de los jeques locales, los líderes nacionalistas y los fundamentalistas. Quizás esta vez los pueblos árabes han querido jugar su propia mano, excluyendo alusiones y presencias foráneas.

Entre las interpretaciones que han circulado en estos días, las más llamativas son las provenientes de la izquierda militante de matriz marxista que, en nombre de la dialéctica debieran ser las más avanzadas y flexibles y sin embargo, aferradas a envejecidos enfoques, quieren ver revoluciones donde no existen y aplican a los hechos del presente una nomenclatura decimonónica. Algunos han hablado del proletariado, incluso de revoluciones democrático burguesas. En el otro extremo están los que se refieren a revoluciones postmodernas, descubren a los “cibermilitantes” y atribuyen a twitter el papel que un día tuvieron Iskra y Pravda.

En realidad, las rebeliones en Medio Oriente y África del Norte parecen ser resultado del vencimiento de los plazos históricos de procesos aplazados por coyunturas históricas conocidas y de movimientos fallidos como fueron el nacionalismo, el panarabismo y el socialismo árabe.

Se trata de una reacción de masas más o menos ilustradas y políticamente activas, al despotismo que bajo diferentes excusas congeló el desarrollo político por medio de la implantación de sistemas de gobiernos, regímenes antediluvianos y el aferramiento al poder de líderes y gobernantes ilegítimos. Con escasas excepciones, no hay en el Medio Oriente y África del Norte ninguna democracia, ninguna revolución y ningún líder legitimo. Esa es la única región del mundo donde subsisten teocracias.

Lo que ahora ocurre parece ser un fenómeno político típico de reacción frente a la opresión, la pobreza, la represión, la exclusión y la intolerancia religiosa; acompañado por peculiares y profundos matices culturales. Estamos en presencia de la rebelión de pueblos con un pasado glorioso, actitudes positivas ante el progreso y con una rica historia de luchas, brutalmente apartados de las corrientes generales de la civilización humana y forzosamente anclados en los tiempos de los califas.

Los pueblos árabes y persas forman una gran civilización que, como todas las demás, cuenta con una gran religión, en este caso el islam. La diferencia con Occidente y Medio Oriente es que en el primero, hace unos 200 años, de común acuerdo, se decidió separar la Iglesia y el Estado, la fe y el poder. Desde entonces el laicismo que no es una experiencia antirreligiosa, sino un perfeccionamiento estructural del sistema político y una distribución de roles en la sociedad, impera en todo el mundo menos en el Levante.

Como respuesta, siglo y medio de agresiones y opresión en forma de Cruzadas, dominación otomana y colonialismo europeo en los países árabes y norafricanos se desarrollaron tres grandes corrientes políticas: el nacionalismo panárabe, el bassismo y el repudio a Israel ligado al poyo a la causa palestina; todas fueron fallidas.

El nacionalismo y el panarabismo que dominó varias décadas en la vida política en los países árabes surgió con ímpetus formidable a partir de los años 20 cuando la dominación por el imperio Otomano, derrotado en la Primera Guerra Mundial, fue relevada por la opresión colonial de Inglaterra y Francia, llegando a ser asumida como una especie de identidad común árabe y como una categoría política específica.

Si bien es cierto que la lucha anticolonialista ejerció un formidable efecto cohesionador, tales movimientos, incluyendo los más importantes de ellos que fueron: el gobierno de Nasser, la Revolución Argelina, la llegada al poder de Gaddafi y los cambios político operados en Siria y durante cierto tiempo en parte de Yemen, resultaron a la larga empeños fallidos.

Mayor que todas las humillaciones y desgracias sufridas a lo largo de 1500 años por los pueblos árabes fue el impacto de las sucesivas derrotas frente a Israel en: 1948, 1949, 1956, 1967 y 1973 que en conjunto evidenciaron la incapacidad de los gobiernos de la región para hacer prevalecer los intereses nacionales y de oligarquías que, de un modo u otro, se plegaron a los designios imperialistas y fracasaron para hacer avanzar a países inmensamente ricos por la senda del progreso económico, la justicia social y alguna forma de democracias.

Si llevado por la corriente aceptara una terminología tradicional, diría que los pueblos árabes luchan hoy por un programa de reivindicaciones y realizaciones mínimas mediante las cuales tratan de insertarse en las grandes expresiones políticas del momento y sumarse a las tendencias predominantes en los procesos civilizatorios, aprovechando en beneficio de sus niveles de vida las nuevas tecnologías; curso que tal vez prepare a sus vanguardias para empeños mayores.

Tal vez la batalla del momento para la izquierda mundial no es empujar a los pueblos árabes a una radicalización suicida, sino ejercer la solidaridad para que, por una vez, se les permita decidir su destino sin injerencias ni presiones foráneas. Mantener a Estados Unidos y a otras potencias occidentales fuera de tales procesos sería una gran realización.

Queda material y falta espacio. Luego les cuento. Allá nos vemos.

La Habana, 19 de febrero de 2011