viernes, 31 de diciembre de 2010

Cronopiando: 1 de enero en Venezuela

Koldo Campos Sagaseta

1 de enero en Venezuela

Hoy, 1 de enero, Chávez no ha seguido desmontando el poder legislativo para construir una estructura legal que le permita gobernar a sus anchas; no ha vuelto a recortar los poderes y derechos de alcaldías y gobernaciones en manos de la oposición para que nadie estorbe sus delirios de grandeza; no ha insistido en intervenir las entidades bancarias so pretexto del interés de la nación; no ha mandado cerrar más canales de televisión y emisoras de radio que denuncien su déspota gobierno; no ha facilitado la fuga de etarras de Venezuela ni ha seguido brindando refugio a terroristas; no ha comprado lealtades en el seno del ejército de Bolivia; no ha urdido maquiavélicos planes con el régimen iraní; no ha seguido difundiendo por Latinoamérica su perniciosa ideología bolivariana; no ha consentido el libre tránsito por Venezuela de espías cubanos; no ha amenazado la paz en la región; no ha suministrado armas ni cobijo a la guerrilla de las FARC; no ha vuelto a ser descubierto traficando cocaína; no ha condenado a la lapidación a ningún opositor…

y es que hoy, 1 de enero, ¡no ha habido periódicos!


La vida en Revolución


Este 2011 nos coloca ante el privilegio que entraña vivir el año 53 de la Revolución, que nos pone también ante la certeza —como compartiera el Comandante en los días fundacionales— de que nuestra lucha no termina, apenas comienza

Jóvenes cubanos en espera del 2011. Autor: Raúl Pupo

Juventud Rebelde
digital@juventudrebelde.cu
30 de Diciembre del 2010 22:16:34 CDT
Cuando se abre el camino ancho y presuroso del 2011, los jóvenes repasamos esa dimensión profundísima de lo vivido en el 2010, y ponemos la mirada sobre esas fibras intensas que comenzamos a tejer al calor de los ardientes debates del IX Congreso de la Juventud Comunista, y de esas batallas que emprenderemos para abrazar la Cuba que nuestros héroes pensaron, fertilizaron.
Abril fue un mes amanecido, en el que la realidad de la Isla fue pulsada por sus nuevas generaciones en un Congreso en el que flotó el espíritu de darlo Todo por la Revolución, y que devino escenario de lanzamiento de empeños para sortear las tempestades de este mundo de laberínticos desequilibrios, y agraviado constantemente por la fuerza imperial.
El encuentro juvenil calibró el paso de una avanzada que, guiada por Fidel y Raúl, defenderá siempre esta tierra soberana que palpita con sangre insurgente de titanes; y que no vive de espejismos sino del trabajo creador, ni se deja amedrentar por esa suerte de mitología cubanológica que otros intentan construir más allá de nuestras aguas.
Recientemente, también los jóvenes cubanos —con fuerza de huracanes—, alzaron las voces junto a sus contemporáneos de diversas latitudes en el XVII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes, para denunciar todos los artilugios que emplea el capitalismo para tener siempre sumergidos a los hombres en la violencia.
Para Cuba el próximo abril volverá a ser un mes estremecido, en el que el Partido, vanguardia organizada del pueblo, apostará por las claves que conectan las esencias de la historia de esta nación con el futuro. Será un impar momento en nuestra travesía para acrecentar el tesoro ético y material de la nación, con jornadas que tendrán por telón de fondo el medio siglo de la gesta gloriosa de Girón, y el aliento de esos hombres que no permitieron que este suelo fuera ultrajado por botas mercenarias.
En esos días, igualmente asistiremos a la dicha de vibrar por el aniversario 50 de que esta Isla inmensa tuviera por apellido Socialista. En el mismo año en que Fidel proclamara el carácter de nuestra obra, los pioneritos, nucleados en la OPJM, comenzaron a impulsar sus hermosos propósitos.
Este 2011 nos coloca además ante el privilegio que entraña vivir el año 53 de la Revolución, que nos pone también ante la certeza —como compartiera el Comandante en los días fundacionales— de que nuestra lucha no termina, apenas comienza.
Buró Nacional de la Unión de Jóvenes Comunistas

EL SOCIALISMO NO INVITA AL DESASTRE

Jorge Gómez Barata

Prácticamente para todas las ciencias y esferas del conocimiento, (con excepción de la arqueología), el pasado remoto es referencia o paradigma, nunca precepto que condiciona el presente. No ocurre así con interpretaciones que asumen la teoría revolucionaria con la misma actitud con que los teólogos ortodoxos se aferran a la Biblia, el Talmud o el Corán.

Raras veces se presencia una polémica en la derecha, hecho frecuente en el seno de la izquierda cuyos pensadores padecen el síndrome del: ¿Qué dirán nuestros camaradas? La preocupación por el juicio ajeno no es ociosa porque la intolerancia y el sectarismo son atributos de cierta izquierda que en nombre de la pureza ideológica y la firmeza ante los adversaros de clase, se empeña en buscar esquiroles en sus filas y no lo piensa demasiado endilgar a un compañero de luchas calificativos como: revisionistas o liberales, incluso los más gruesos como traidor o renegado.

La izquierda tolerante con el adversario con el que puede incluso aliarse, es intransigente con sus efectivos. El stalinismo exageró aquel defecto y hubo épocas en la cuales, para polemizar, además de lucidez, se necesitaba valor.

De haber tenido la oportunidad y los medios para hacerlo, ante la crisis política que de los años noventa del siglo XX condujo a la desaparición de la Unión Soviética y al fin del socialismo real en los países de Europa Oriental, la izquierda mundial de matriz marxista, debió preguntarse: ¿Qué hacer?

Aquella reflexión, entonces sólo posible como hipótesis académica, seguramente habría conducido a la conclusión de que el socialismo es posible, deseable e históricamente inevitable aunque no del modo como en Rusia, y Europa Oriental se intentó. Ciento sesenta años después de haber debutado en la Europa del Manifiesto Comunista y de las revoluciones de 1848 y a veinte del fin de la experiencia bolchevique, la izquierda debió haber aprendido que para ser funcional debe tener un proyecto viable y que al menos la vanguardia sepa cómo hacerlo.

La dificultad comienza porque para hacerlo de la manera como se intentó en la Unión Soviética y Europa del Este, se necesitaría cambiar el curso de la historia; una tarea equivalente a modificar la rotación del planeta. El capitalismo, denominado así por Carlos Marx, no es una forma de gobierno ni un sistema político, sino un peldaño en el desarrollo de la civilización, una formación económica y social y un modo de producción.

Al hurgar en los libros y con la experiencia histórica a la vista, parece absurdo creer que los pensadores más avanzados, entre ellos Carlos Marx, propusieran aniquilar violentamente al más exitoso de los modos de producción, creador de una formidable base productiva y de procedimientos de gerencia extraordinariamente eficaces. La apuesta por una especie de Armagedón que hará desaparecer al capitalismo y abrirá oportunidades al socialismo, no es sostenible.

Como el científico que fue, Marx investigó el capitalismo descubriendo que era perecedero, no porque fracasaría económicamente, sino porque sería incapaz de distribuir con justicia lo que producía con eficiencia, llegándose a un punto en el cual la propiedad privada y las relaciones mercantiles, como él las conoció, se transformarían en un freno para el desarrollo de las fuerzas productivas.

Carlos Marx nunca auspició conspiraciones ni estimuló la actividad política clandestina y tal vez lo hubiera aterrado pensar que el camino que conduciría a esa nueva época histórica, pasaría por una aniquiladora guerra civil que dividiría a las gentes y arruinaría la economía. Al concebir como escenario de esos procesos a países altamente desarrollados, no supuso que la edificación de una base económica sería una tarea fundamental. El término “construcción del socialismo” no es de su autoría.

Desde una atalaya científica, percibió el advenimiento socialismo, no como un gobierno mejor que los demás, sino como una categoría histórica, una nueva formación social que, llegado el momento, por efecto de realidades objetivas y de leyes históricas, sustituiría al capitalismo ocupando el espacio de toda una época.

Aunque haya militantes verticales que desconfíen o se mofen de estas percepciones academicistas, ellas no desmienten los esfuerzos realizados por Lenin quien, en una excepcional coyuntura histórica, aprovechó una oportunidad que nunca más se ha repetido y trató de tomar por un atajo para realizar de otro modo las transformaciones que Marx había avizorado. Lo curioso es que, de no anteponerse la adversidad que significó la muerte, tal vez lo hubiera logrado y de haber vivido para ver su esfuerzo, probablemente Marx lo hubiera saludado.

El modo como actualmente se le enfoca en varios procesos latinoamericanos en los cuales con unas u otras etiquetas y a veces sin ninguna el socialismo transita por las estructuras del poder político y del Estado de Derecho de origen liberal mediante democracias participativas empeñadas en la lucha contra la pobreza, por la inclusión social, el desarrollo y los derechos humanos en su más amplia acepción son expresiones viables del socialismo.

No se trata de avergonzarse o renegar de aquello en lo que antes se creyó, como tampoco de sostener a ultranza artículos de fe, sino de avanzar y comprender la teoría y la práctica revolucionaria en el marco de sus condicionamientos históricos. En los ámbitos filosóficos también puede funcionar la unidad en la diversidad.

La idea de tomar el poder político y hacer la revolución por medio de batallas al estilo de la Comuna de París o del asalto al Palacio de Invierno de los zares rusos, incluso mediante luchas armadas, desaparecer a la burguesía como clase, suprimir violentamente la propiedad capitalista y establecer la dictadura del proletariado, forman la prehistoria de la actual comprensión de la revolución social. Aquellas tesis son una referencia, no una receta.

Allá nos vemos.

La Habana, 31 de diciembre de 2010