sábado, 4 de diciembre de 2010

SOCIALISMO REAL: PROYECTO FALLIDO Y EXPERIENCIAS VALIDAS

Jorge Gómez Barata

Aunque representaron colosales obstáculos, estorbaron su desarrollo e influyeron poderosamente en su destino, la hostilidad y las agresiones externas no acabaron con la Unión Soviética que pereció sobre todo debido factores internos, no exclusivamente económicos, sino también políticos e institucionales.

Debido a errores teóricos pero sobre todo por haber padecido el stalinismo, uno de los fenómenos políticos más negativos de que se tenga registro, en la Unión Soviética y en otros países socialistas, se acumularon déficits de democracia, libertades y de participación que dieron lugar a la introducción de deformaciones estructurales, a la burocratización del sistema y a la aplicación de políticas erróneas que provocaron estancamiento económico, insatisfacciones, apatía y otros efectos negativos que finalmente la hicieron implotar.

Entre las malformaciones estructurales incorporadas al proceso bolchevique que tras 70 y 45 años respectivamente, años de ingentes esfuerzos y relevantes éxitos económicos y sociales iniciales, provocaron el desastre en la Unión Soviética y otros países socialistas de Europa Oriental, estuvieron:

1- La confusión entre el Estado y el partido

2- La confusión entre el Estado y el gobierno

Hace alrededor de 250 años, debido a condiciones económicas y sociales favorables y a su enorme atractivo, el liberalismo clásico, con sus expresiones económicas, políticas y jurídicas, se impuso en todo el mundo como ideología avanzada que sustentó las grandes batallas de clases y nacionales de los siglos XVIII, XIX y XX que condujeron a las revoluciones populares (también llamadas burguesas) en Estados Unidos (1776) Europa (1789-1845), Japón (1868), México (1910) y China (1912). Aquellos eventos impulsaron el progreso humano más que ningún otro suceso político.

Bajo la influencia de tales procesos e ideas, de un modo u otro, en casi todos los países las naciones se constituyeron en estados, se adoptaron constituciones, se legisló y se establecieron las estructuras de gobierno típicas de las repúblicas presidencialistas, los sistemas parlamentarios y las monarquías constitucionales. En todos los casos los poderes del estado son nominalmente independientes, se celebran elecciones y, de alguna manera, siempre con limitaciones, se proclama y se práctica la democracia.

El esquema no ha funcionado de modo perfecto en ninguna parte y en muchos sitios como en América Latina, en los primeros doscientos años posteriores a la independencia, hay más fracasos que éxitos; no obstante ese modelo es único existente y, a pesar de las críticas, por ahora, no existe una oferta mejor. Lo característico de esa estructura del poder estatal es que, al proclamar al pueblo como soberano, se constituye en un nivel máximo, por encima del cual no existe ninguna otra instancia.

La innovación introducida en la ex Unión Soviética fue la creación de un sistema político regido por un Estado que incluyó, además del gobierno, los órganos legislativos y la administración de justicia, la posesión de toda la propiedad, la tarea de diseñar y administrar la economía y asumir la dirección de toda la actividad social, inmiscuyéndose profundamente en lo humano y lo divino. No es extraño que un sistema así, con presencia de ambiciones y debilidades humanas derivara hacía el autoritarismo que en ocasiones llego a ser extremo.

Al involucrarse tan profundamente y convertirse en rector del devenir, el Estado que tiene un obvio carácter de clase, no sólo perdió toda capacidad para arbitrar entre los diferentes actores sociales, sino que confrontó a algunos a los que debió acompañar o proteger.

Seguramente que con las mejores intenciones, para paliar el desmesurado poder de que fue dotado aquel Estado, no sólo paternal sino también intervencionista, se concibió la idea de convertir al Partido Comunista, una entidad de clases que había encabezado la Revolución y asumido la representación de la Nación, en un órgano de poder directo, colocado por encima del gobierno y del Estado, status consagrado en la Constitución soviética de 1936 y que sirvió de modelo para las del resto de los países del socialismo real.

A la larga, esa ubicación que, probablemente funcionó durante los primeros años del poder soviético y que convirtió a los partidos de los países del socialismo real en órganos de poder temporal, no benefició al sistema político y perjudicó al propio partido que al involucrarse en la administración, confundirse con ella y adoptar sus métodos y estilos de trabajo, perdió sus cualidades de organización política y a la larga devino apéndice de una maquinaria rectora de una sociedad en la cual la democracia y la participación popular decisoria, cometidos esenciales del partido, fueron paulatinamente relegadas.

En los hechos, en procesos que maduraron en períodos de entre 50 y 70 años, paulatinamente, de una concesión y de un error a otro, aquel sistema, a la vez que perdía sus perfiles originales, fue absorbiendo a las organizaciones obreras y de la sociedad civil, terminando por anular a los propios partidos que le dieron vida. El ejemplo más dramático de las consecuencias de semejantes deformaciones fue que, sin excepción, en un clásico efecto dominó, todos los partidos gobernantes en los países del socialismo real y en la propia Unión Soviética, fueron disueltos mediante actos administrativos, por decretos sin que sus órganos dirigentes ni sus bases tuvieran ninguna oportunidad ni capacidad para reaccionar.

A esa deformación institucional se sumó otra de naturaleza más bien administrativa que consistió en identificar al Estado con el gobierno.

El Estado es la expresión institucional de la nación y del pueblo cuyo poder representa. A diferencia del gobierno que es un equipo de hombres que se cambian cada cierto número de años, las naciones y sus respectivos estados son trascendentes. El Estado, la entidad encargada de fijar las reglas para la convivencia y el funcionamiento de la sociedad es también el país y la gente.

Por su carácter, por el enorme campo que abarca, por lo que simboliza, por la fuerzas materiales que acumula y es capaz de movilizar y por otras circunstancias materiales, culturales e ideológicas los estados nacionales acumularon un poder tan inmenso que se hizo aconsejable dividirlo.

Allí donde se adopta el organigrama liberal (único realmente existente), el Estado consta de tres elementos, llamados también poderes (legislativo, ejecutivo y judicial). Debido a que suele formarse por numerosos representantes electos en muchos países, Cuba por ejemplo, el aparato legislativo se considera como el órgano más representativo del pueblo y con frecuencia se le atribuye la condición de poder supremo del Estado. La distinción es imprescindible porque el gobierno es temporal mientras que el Estado, como la Nación es trascendente.

Esas y otras confusiones institucionales, resultado no sólo de errores conceptuales que pueden ser rectificados, sino productos del dogmatismo, la desconfianza y la censura que impidieron debates, estudios e investigaciones científicas sustantivas, criticas, imparciales y transparentes, dieron lugar a que en la Unión Soviética y en los países del socialismo real los estados socialistas, como tampoco los partidos sobrevivieran a la caída de los gobiernos.

Los que creemos que el socialismo no es cosa del pasado sino del futuro, deberíamos incorporar a nuestra cultura política las enseñanzas teóricas y prácticas relacionadas con el modelo implantado en la Unión Soviética y los países de Europa Oriental donde el socialismo fue un proyecto fallido, aunque una experiencia valida, al menos para saber cómo no es.

La Habana, 04 de diciembre de 2010