domingo, 3 de octubre de 2010

Ecuador tiene pruebas de conspiración contra Gobierno de Correa

Jalkh indicó que existe bastante información para probar que hubo conspiración en Ecuador. (Foto: Epa)

TeleSUR _ Hace: 01 hora

El ministro ecuatoriano del Interior, Gustavo Jalkh, afirmó este domingo que su despacho posee "bastante información" de una conspiración en contra del Gobierno del presidente Rafael Correa, tras el intento de golpe de Estado del pasado jueves.

"Se están haciendo las investigaciones pertinentes y hay bastante información relacionada de cómo se fue articulando todo este asunto conspirativo", indicó Jalkh en un programa especial transmitido en el canal público ecuatoriano.

Aclaró que tras la lamentable situación del jueves pasado en el país todo debe girar hacia la justicia y la reconciliación.

"Debe haber justicia, no venganza; reconciliación, no resentimiento. Es duro que un grupo de desquiciados haya afectado tanto la imagen de la Policía, haya atentado contra la democracia, contra la vida del Presidente, esto le afecta a la Policía", señaló.

Añadió que lo que ocurrió el pasado jueves en Ecuador no debe repetirse, razón por la cual estos hechos no deben quedar en la impunidad.

En otra entrevista realizada para esta televisión ecuatoriana, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), José Miguel Insulzadestacó el temple con el que el presidente Rafael Correa enfrentó la situación y comentó que cuando miembros de instituciones como la Policía se revelan contra la máxima autoridad eso es un ''asalto a la democracia''.

Por su parte, el canciller argentino, Héctor Timerman, quien también se encontraba en el programa, destacó la rapidez con la que reaccionó la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur) para apoyar la democracia en el país.

En la reunión efectuada el viernes pasado, los miembros de la Unasur expresaron una enérgica condena contra el intento de golpe de Estado perpetrado en Ecuador y acordó la visita de los cancilleres de los países miembros del bloque a Quito para expresar su respaldo al jefe Estado.


A este encuentro extraordinario del organismo regional acudieron los presidentes de Bolivia, Evo Morales; Uruguay, José Mujica; Venezuela, Hugo Chávez; Perú, Alan García; Colombia, Juan Manuel Santos; y Chile, Sebastián Piñera.


Además de las declaraciones de Jalkh, Insulza y Timerman, la Secretaría de la Presidencia publicó este domingo que varios cantautores de Iberoamérica condenaron el intento de golpe a través de una carta enviada al mandatario Correa.

''Consideramos este artero y violento ataque al gobierno democrático y a su presidente Rafael Correa, una ofensa y un temible disparo por elevación al corazón de las democracias instaladas en nuestra América", dice la misiva firmada por los artistas Víctor Heredia, León Gieco y Luis Eduardo Aute, entre otros.


Mientras tanto el presidente Correa indicó este viernes que el intento de derrocar a su gobierno se debió a la
manipulación de grupos de oposición que tergiversaron el instrumento legal para provocar la situación irregular.

''Tenemos una conspiración permanente (...) en la policía (...) tenemos infiltrados (...) Cada paso que queremos dar en beneficio de la fuerza pública lo tergiversan'', indicó el presidente Correa en una entrevista concedida a medios nacionales e internacionales.


Por otro lado, periodistas de la derecha venezolana se pronunciaron en la red social Twitter a favor del secuestro del presidente Correa tratando de restar importancia a los gravísimos acontecimientos que acontecieron en Ecuador este jueves.

La cuenta anónima @vvperiodista publicó mensajes como "Crisis provocada: Correa pretendía arrasar con los derechos de los servidores públicos"; "Autogolpe: Decretan estado de excepción en Ecuador y sacan tanques militares a la calle"; y "Melodrama: Canciller de Ecuador llamó al Pueblo ecuatoriano a "rescatar" a Correa", indica la Agencia Venezolana de Noticias.

A pesar de esta reacción la mayoría de los países del mundo se han pronunciado en contra de la intentona golpista de Ecuador como Perú, Colombia , Bolivia, Argentina, España y Venezuela entre otros.


Un grupo de policías tomó este jueves a la fuerza el regimiento número 1 de la ciudad de Quito en protesta, supuestamente, contra la negación al veto de la ley de Servicio Público que contempla eliminación de bonificaciones y ascensos. El presidente de Ecuador, Rafael Correa, se encontraba en el lugar para intentar dialogar, pero se vio obligado a abandonarlo por los hechos violentos que se desataron en la zona.

Ante esto, Correa denunció que las violentas protestas policiales realizadas en Quito formaban parte de un intento de golpe de Estado que se había estado preparando durante meses por parte de la oposición y llamó a las fuerzas policiales que sirven a la patria a subordinarse a sus cuarteles.



CORREA: ¿EL GRAN CULPABLE?

Alberto Maldonado S.

Periodista – Ecuador

Los muchos (o pocos) que, desde que comenzó a precipitarse la sublevación policial del jueves 30 de septiembre/2010, hemos estado “locos de remate” porque empezamos a sospechar que se trataba de un vulgar y común golpe de estado; ya que, según los medios sipianos (de la SIP-CIA) y otros “analistas políticos” ha sido el Presidente Rafael Correa el causante de todo lo que ocurrió.

Dicen y sostienen los periodistas sipianos y sus adláteres que si el “intemperante de Correa” no se presentaba ante los amotinados del día y mandaba a su ministro de gobierno o al comandante de policía, al Regimiento Quito No 1 a discutir la situación, lo más probable “habría sido” que los policías amotinados habrían terminado por entender que no se trataba de nada contra ellos y sus remuneraciones y habrían logrado que los asambleistas revean su resolución de allanarse al veto legislativo, en este y otros puntos, a la ley del servidor público.

Eso dicen y aseguran, a continuación, que “nadie quería sacar a Correa” pero que sus intemperancias le hizo ir al cuartel, “a desafiar” a los “pobrecitos policías insurrectos”, a pesar de que estaba impedido de hacerlo por la reciente operación de rodilla que le habían practicado pocos días antes. Según esta versión, en el cuartel sublevado Correa se encontró con “una turba de reclamantes” con la que era imposible dialogar por lo que no le quedó “más remedio que hacerse el macho y exclamar: Si quieren matar al Presidente, pues mátenme” Según la tesis mediática sipiana, ese momento se volvió peor para Correa, un “ególatra” que nunca entendió “la sicología de un policía de tropa reclamando sus derechos”.

Aceptan a regañadientes que, a partir de ese momento, “no es nada difícil que personas extrañas al reclamo policial”, especialmente políticos de centro derecha que han sido “víctimas” de la diatriba de Correa durante estos tres años y meses, hayan pensado que había llegado el momento de “ponerle en su sitio” a este tal por cual; y hayan intentado plegar a la movilización con la idea de que había llegado la ocasión para salir de Correa; “pero jamás atentar contra su vida o contra la democracia”.

Los medios sipianos, de su parte, también “han puesto lo suyo” para tratar ”de manipular la información y darle un giro contrario a la “libertad de expresión” Aseguran que la cadena nacional dispuesta por el Gobierno, durante la noche del jueves, fue una arbitrariedad de Correa y que lo único que consiguieron fue que el gran público ecuatoriano se privó de sus imágenes y sus informaciones. No podía faltar la protesta por haberles obligado a esa cadena (muy propia de un estado de excepción, que ya había sido dictado) y los comunicados de prensa por cuanto se “ha tergiversado malvadamente” la protesta de un grupo de policías que reclamaba sus derechos.

¿Cuál fue la verdad de lo acontecido?

En esta ocasión, el testimonio de millones de ecuatorianos, que siguieron a través de la radio y la televisión, esa especie de maratón política inesperada, certifica que la nueva versión, no pasa de ser una opinión de los golpistas, interesados en desvirtuar aquello que fue un criterio generalizado: que los policías insubordinados (eso no lo pueden negar) de buena o de mala fe, se prestaron para que sectores contrarios a Correa y su revolución ciudadana, intenten no solo un cambio de Presidente, sino un magnicidio. Los hechos que se sucedieron son claros, precisos y concretos.

¿Puede alguien, que sufra de ingenuidad recalcitrante, aceptar que el paro nacional que afectó a la seguridad pública, en todo el país, desde las primeras horas de la mañana, es un asunto que puede lograrse espontáneamente?

¿Puede alguien suponer siquiera que la toma del aeropuerto internacional de Quito, durante todo el día jueves, por elementos armados del ejército, la policía y la FAE puede ser un acto aislado?

¿Puede alguien suponer ingenuamente que los medios sipianos, especialmente la televisión comercial, estuvieron tan oportunos como para comenzar a difundir el paro policial y otros sucesos, desde muy temprano, con la esperanza de que el movimiento se prolongue especialmente a los cuarteles militares ya que supuestamente el perjuicio de lo resuelto por la Asamblea Nacional, afectaba también a este sector?

¿Puede alguien suponer que “civiles” muy afines a los partidos tradicionales, especialmente el que lidera el expresidente Lucio Gutiérrez Borbúa, comience a aparecer en los escenarios policiales, celulares en manos, dando instrucciones a policías insurrectos, que empiezan a lanzar bombas lacrimógenas y disparos al aire, a diestra y sinistra, contra grupos humanos que espontáneamente tratan de responder en las calles a esas primera manifestaciones de golpe de estado?

¿Puede alguien suponer que gentes de civil, con banderas del Ecuador, comiencen a aparecer en las calles capitalinas, lanzando consignas contra Correa y proclamando la “necesidad” de que renuncie el tal por cual de Correa, así en forma espontánea y por su propia iniciativa?

¿Puede alguien suponer que gratuitamente, los policías alzados (o quienes los suplantaban con máscaras antigases) se niegan a dialogar con el Presidente de la República y, en su lugar, le insultan y le agreden físicamente y casi le asfixian lanzándole gases picantes y lacrimógenos?

¿Puede alguien suponer que “humanitariamente” los policías insubordinados aceptan que Correa sea atendido en el hospital policial (sito a metros del regimiento convulsionado) pero que luego impidan su salida ya sea a otra casa de salud o al Palacio de Gobierno hasta horas de la noche, en que es rescatado por un operativo militar que se combina con elementos del GOE y el GIR, dos escuadrones formados por policías especializados precisamente para estas convulsiones?

¿Puede alguien suponer que el Jefe del Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas, sale recién cerca de las 15:00 horas de Quito a proclamar el apego de la fuerza a la constitución y sus autoridades legítimamente constituidas, luego de conjurar a “algunos elementos militares” que también?

Por estas y otras “evidencias” como dicen los abogados, no hay duda que el jueves 30 de septiembre del 2010 se dio en el Ecuador un intento de golpe de estado; intento que para la tarde quedó conjurado, porque los ciudadanos y ciudadanas de a pie, salieron en masa a las calles en todo el país, a solidarizarse con su Presidente y su movimiento; y a rescatarlo del secuestro en que los alzados le mantuvieron en el hospital policial. Y sobre todo, porque el sector militar no respondió a las expectativas que se habían forjado los golpistas.

Y, por qué no decirlo, porque Ecuador no es Honduras.

Cierto que en el país hemos asistido a golpes de estado “clásicos”: el jefe o los jefes militares, en coordinación con sectores civiles de derecha, un buen día amancen agrios y se toman el poder. Eso era cuando en América Latina reinaba el imperio y necesitaba de sus propios hijos de puta (Somoza, Trujillo, Batista, Strossner y otros) Y en ese estilo, ocurrió lo de Honduras: el jefe militar que saca al Presidente Zelaya y lo lleva a Costa Rica en calzoncillos. Luego viene el congreso y la Corte que santifican lo ocurrido y llaman a una elección amañada que le pone a un señor Lobo en la casa de gobierno.

Pero ahora, la propia OEA, especialmente la UNASUR y hasta el Secretario de las Naciones Unidas, tienen que rechazar estos intentos, especialmente si hay un pueblo que no desea más este tipo de gorilazos. Y contrariamente a lo que los conspiradores querían, resulta que les sale todo, al revés; esto es un Correa aún más sólido que lo que querían.

Desde luego, el Presidente Correa y su Alianza País, no pueden olvidar el episodio, no solo para limpiar a la Policía de lo malos elementos sino porque ese jueves 30 debe tomarse, como en el fútbol, como que le han sacado tarjeta amarilla. ¿Será posible que esperen la roja sin tomar medidas aconsejadas y sin profundizar la revolución ciudadana?

Quito, octubre 4/2010


SI FUERA POR LA PRENSA YO TENDRIA EL 10 POR CIENTO DE APROBACION: “En ocho años hicimos una revolución”

El presidente brasileño aceptó conceder una entrevista a tres medios de América latina, uno de ellos Página/12, horas antes de que Brasil defina si Dilma Rousseff gana en primera vuelta. Lula habló de su historia, de sus sueños, de América latina, de los cambios en la Argentina, de las élites y de la prensa conservadora.

Por Martín Granovsky

Tomado de Página 12

Desde Brasilia

Es el último día de la campaña electoral. A las 12 de la noche empieza la veda. El presidente brasileño concederá esta entrevista y volará de inmediato a San Pablo. Quiere reforzar a Dilma Rousseff, la candidata del Partido de los Trabajadores. Es jueves a la mañana. Todavía no le llegaron a Luiz Inácio Lula da Silva las informaciones sobre la rebelión en Ecuador, a la que luego calificaría de “salvajada” e “intento de golpe de Estado”, pero habla una y otra vez de la democracia en América latina. Reforzarla, explica, será parte de su futuro.

La conversación se realiza en un despacho del Planalto, la Casa Rosada de Brasilia. La inmensa construcción diseñada por Oscar Niemayer, el arquitecto que acaba de cumplir 103 años y vive en Copacabana, está recién acondicionada. Paredes repintadas de blanco, cuadros en los pasillos, una berlina del siglo XIX en la planta baja.

Es una entrevista con tres medios: Página/12, el diario La Jornada de México y el sitio web Carta Maior de Brasil. Por La Jornada está Carmen Lira, su directora. Carmen es la periodista a la que Fidel Castro le dijo hace muy poco, entre otras cosas, que se arrepentía de la política cubana hacia los homosexuales. Por Carta Maior ahí ya está sentado Emir Sader, secretario general del Centro Latinoamericano de Ciencias Sociales y uno de los ensayistas más agudos de la región. También su editor, Joaquim Palhares, responsable de la hazaña de haber convertido a Carta Maior en una referencia mundial con decenas de miles de visitas y 65 mil usuarios registrados con nombre y apellido.

A las 8 de la mañana el equipo multinacional de entrevistadores ya se había reunido delante de un buen desayuno brasileño para conversar sobre la charla con Lula. Fue un momento de concentración. Tanto que nadie pudo conversar con un amigo de Emir que compartía la mesa: Perry Anderson, el marxista inglés.

Por el despacho del Planalto pasa, fugaz, Marco Aurelio García, el asesor internacional de Lula. También él viajará a San Pablo. Engripado en medio de la campaña, no quiere descanso ni pierde el optimismo. Tampoco Lula puede disimularlo. Está rozagante. Cuando entra y saluda uno por uno es tentador sacar una conclusión: si hubiera que hacer el retrato de un hombre feliz, de un dirigente político satisfecho, no estaría mal elegir a este señor que entregará el mando el 1º de enero de 2011 después de dos mandatos y con un 80 por ciento de imagen positiva.

–¿Qué aprendió en casi ocho años de Presidencia? ¿Qué entiende hoy mejor que antes? ¿Qué diferencia tiene el Lula de hoy con el que asumió el 1º de enero de 2003?

–En la Presidencia lo primero que aprendemos es a gobernar. Cuando uno llega a la presidencia de la República normalmente antes estuvo muchos años en la oposición. Cuando iba un debate o a una reunión yo les decía a mis interlocutores: “Me parece”, “pienso”, “creo...”. En el Gobierno uno no piensa que, a uno no le parece que, uno no cree que. O hace, o no hace. Gobernar es una eterna toma de decisiones. Uno aprende a ser más tolerante y a consolidar la práctica democrática. La convivencia política en la adversidad es una enseñanza estupenda para quien cree en la democracia como un valor supremo dentro del arte de hacer política. Y eso lo aprendemos ejercitándolo todo el santo día. No creo que haya una universidad capaz de enseñarle a alguien a hacer política, a tomar decisiones. Uno puede teorizar, pero entre la teoría y la práctica hay una enorme diferencia diaria. Tomemos, por ejemplo, mi segundo mandato, que empezó en el 2007. Todo el mundo sabe que yo le tenía miedo a ese segundo mandato presidencial. Tenía miedo del agotamiento, de la chatura, de repetir todo. Pero cuando lanzamos el PAC, el Programa de Aceleración del Crecimiento, la verdad es que hicimos un transplante de todos los órganos vitales del Gobierno y creamos un gobierno nuevo, más productivo, mucho más eficaz, más activo. Eso es lo que tenemos hoy en funcionamiento. Para mí ése fue un gran aprendizaje. Tanto que no quiero olvidarlo cuando deje la Presidencia. Preciso continuar aprendiendo. Pasar por la Presidencia, enfrentar las adversidades que enfrentamos nosotros y llegar al final del segundo mandato con esta buena situación de hoy es algo que logramos porque practicamos intensamente el ejercicio democrático. Convocamos a 72 audiencias nacionales sobre todos los temas, desde la seguridad pública a la comunicación, pasando por la discapacidad. Todas las políticas que implementamos fueron resultado de audiencias. El pueblo participó activamente de las decisiones y de las políticas públicas. Ese es el cambio fundamental. Cuando llegué, en 2003, en el Ministerio de Transportes se gastaban mil millones de reales por año. Hoy gastamos 1,6 mil millones de reales por mes. O sea que aprendimos a gastar y aprendimos a hacer obras.

–¿En el mismo ministerio?

–El mismo. Con esos 1,6 mil millones pagamos y contratamos lo que hace falta. En 2003 teníamos 380 mil millones de reales de crédito para todo Brasil. Hoy, 1,6 billones.

–¿Eso es mucho?

–Es poco. Pero es mucho si se lo compara con lo que teníamos en 2003.

“No dependemos de la prensa”

Lula suele hacer comentarios ocasionales sobre la política de algunos grandes medios de comunicación, pero no de una manera permanente: parece creer que cuando los hechos son tozudos se vuelven indestructibles. La última tapa del semanario Veja parece escrita en medio de una guerra. En lugar de anunciar las elecciones, alerta contra una supuesta amenaza contra la libertad. La causa de tanta alarma es que Lula sólo dijo que a veces, cuando los partidos conservadores son insuficientes, algunos medios actúan como partidos conservadores.

–El día que la prensa decida divulgar la revolución que se produjo en Brasil –dice ahora con ironía–, el pueblo se va a dar cuenta del todo. En los sondeos el Gobierno aparece con un 80 por ciento de aprobación. No es Lula, es el Gobierno. ¡Y estamos en el octavo año de mandato! ¿Cuál es el fenómeno? Que no dependemos de la prensa. Si fuera por la prensa, yo tendría 10 por ciento de aprobación. O hasta les debería algunos puntos. El fenómeno es que los resultados llegan a las manos del pueblo. El pueblo recibe los beneficios, ve que las cosas se hacen. Entonces, el que no habló no formó parte de la historia de ese período. Ese fue el gran cambio entre 2003 y 2010.

–Usted dice que hizo cosas que quizás algún día la prensa divulgará. Y el gobierno, ¿no lo divulgó?

–En Brasil hay un debate muy interesante. Y sé que no es una discusión sólo brasileña. En la Argentina se da el mismo debate, y lo mismo en los otros países de América latina. Hasta Barack Obama, a poco de asumir, dijo que la cadena Fox no es un medio de comunicación sino un partido político. Yo converso con dirigentes de todo el mundo. Todos se quejan. Yo no me quejo mucho de la prensa porque también llegué adonde llegué a causa de la prensa. Contribuyó mucho a que yo llegara donde llegué. Por eso soy un defensor juramentado de la libertad de expresión y la democracia. Ahora, hay gente que confunde la democracia y la libertad de comunicación con actitudes extemporáneas. No sé si es una tendencia mundial. No sé si será que las buenas noticias no venden diarios. Tal vez los escándalos vendan... Yo voy a terminar mi mandato sin haber almorzado con ningún dueño de diario, con ningún dueño de un canal de televisión, con ningún dueño de revista. Sí mantuve con todos ellos una actitud respetuosa y democrática. Quise entender su papel y que ellos entendieran el mío. Muchas veces el pueblo se entera de las cosas buenas que suceden en este país porque las divulgamos nosotros a través de la publicidad, por Internet o por el blog del Planalto. A veces, si sólo dependiese de determinados medios de comunicación, ni siquiera hablarían de algunos temas. Algunos hasta dicen: “No nos interesa cubrir eso, esa inauguración...”. Por ahí es verdad, no sé... El dato concreto es que, en mi opinión, si el pueblo fuese mejor informado, sabría más cosas y podría hacer mejores juicios de valor. Para mí el arte de la democracia es ése: que la gente tengan seguridad de la calidad de la información, de la honestidad de la información y de la neutralidad de la información. Y quizás hubiera sido más fácil que los medios de comunicación asumiesen categóricamente su compromiso partidario. Así todos sabríamos quién es quién. Pero ésa no es la situación actual en Brasil. Hoy parece todo independiente, pero basta ver las tapas para darse cuenta de que la independencia termina donde comienza el comercio. También se trata de un aprendizaje. Tenemos poco tiempo de democracia. En este momento estamos viviendo el mayor período de democracia constante de Brasil, sea a partir de la Constitución de 1988 o sea a partir de la asunción del presidente José Sarney. Son poco más de 20 años. Es una democracia muy incipiente, aunque es muy fuerte y goza de instituciones sólidas. Hicimos un impeachment y no pasó nada. Aquí eligieron a un metalúrgico. Percibimos un avance general en América latina. Eso va consolidando la democracia independientemente de los nostálgicos que siempre dijeron que un metalúrgico no podría llegar a la cima, que un indio tampoco, que un negro no podría llegar, que una mujer tampoco. Estamos quebrando esos tabúes.

“Opción por la democracia”

Lula creció políticamente como dirigente sindical, como luchador por la libertad en Brasil y como uno de los líderes del movimiento a favor de las elecciones libres en medio de la dictadura que gobernó nada menos que 21 años, entre 1964 y 1985. El Partido de los Trabajadores se fundó en 1980. No necesitó adaptarse, como otros partidos de izquierda, a la democracia como un valor supremo. Así surgió.

–Hay que valorar esto –dice Lula cuando revisa qué pasa hoy en Sudamérica–: la izquierda en América latina hace opción por la democracia y por esa vía está llegando al poder en varios países. Los golpes no son de la izquierda. Nadie de izquierda dio el golpe en Honduras. Entonces, la gente precisa saber que si la información fluye correctamente, eso facilitará la toma de decisiones para su vida. En Brasil estamos aprendiendo. Así vamos construyendo nuestra democracia. No tengo derecho a quejarme. Voy a terminar mi mandato con el mayor nivel de aprobación que jamás alguien haya alcanzado. Hay presidentes que ni siquiera comienzan con esa cifra del 80 por ciento. Por eso tengo que agradecer al pueblo brasileño, a la democracia brasileña y –por qué no decirlo– también a la prensa: su comportamiento, a favor o en contra, fue formando un juicio de valor. Tengo una tesis que vale tanto para la prensa como para nuestra conducta cotidiana: si todos los días alguien está a favor del gobierno, perderá credibilidad. Pero también la perderá si todos los días está en contra. Los dos extremos son malos. Hay que hablar de las cosas buenas del gobierno cuando suceden. Entonces, cuando se hable de las cosas malas, la credibilidad estará intacta. Eso es lo que desarrollaría y consolidaría la libertad de comunicación en el país: el compromiso sólo con la verdad y nada más que con la verdad, le duela a quien le duela.

–En la campaña electoral de 2002 usted decía que el mercado no era capaz de entender la necesidad de que los brasileños comieran tres veces por día. Después de dos mandatos, ¿cumplió con ese objetivo?

–En dos mandatos y ocho años de gobierno conseguimos hacer una revolución. Sacamos a 27 millones que estaban por debajo de la línea de pobreza absoluta y al mismo tiempo llevamos 36 millones de personas a convertirse en parte de la clase media. No es poca cosa. Generamos 15 millones de empleos.

–Treinta y seis millones es casi una Argentina entera.

–Sí, casi una Argentina. Y simultáneamente desplegamos programas para atender a la franja más pobre de la población. Programas simples pero objetivos, como la Bolsa Familia, como el programa Luz para todos, como el PPA, que es para compra de alimentos, o el plan de Agricultura Familiar. Realizamos políticas públicas que no estaban previstas en el escenario político nacional. El pueblo brasileño hoy vive más feliz, mejor, pero todavía hay mucho que hacer. Espero que en los próximos tiempos la compañera Dilma pueda concluir el trabajo que comenzamos. Ya probamos que era posible. Lo hicimos con mucha fuerza y, diría, mucha eficacia. No quiero ser presuntuoso, pero lo que hicimos en política social es una revolución en Brasil. Una revolución que aún debe ser completada. No se puede desmontar el aparato de exclusión de 500 años en 8 años. Pero ahora contamos con una base extraordinaria y tenemos que extender la experiencia a otros países. Porque algunas cosas son sagradas para nosotros. Combinamos crecimiento económico con baja inflación. En Brasil, eso parecía imposible. Y era imposible aumentar los salarios en términos reales y mantener controlada la inflación. O mantener una política de exportación creciente y, al mismo tiempo, una política de fortalecimiento del mercado interno. Todo esto demuestra un alto grado de estabilidad en las políticas que desplegamos. Si esas políticas tuvieran un horizonte de otros cuatro u ocho años, sin duda dentro de poco tiempo seremos la quinta economía del mundo. Las condiciones están dadas. Ese horizonte es posible porque avanzamos gracias a la relación que establecimos con la sociedad.

Ya no manda la “Casa Grande”

En 1933, el sociólogo Gilberto Freyre escribió un libro con destino de clásico: Casa Grande e Senzala. Había comenzado preguntándose qué era ser brasileño. Y el libro describía una sociedad esclavócrata, híbrida de indios y negros. En la colonización portuguesa, la casa grande era el casco de la fazenda azucarera y después cafetalera, en medio de un mestizaje permanente con las guaraníes. Las condiciones se hicieron más duras con la introducción de los esclavos negros, que vivían en las barracas, las senzalas, y proveían tanto la mano de obra como las domésticas y las amantes forzadas.

–Se terminó el tiempo en que la “casa grande” decía qué tenía que hacer la senzala –subraya ahora este Lula que en el siglo XIX sin duda hubiera estado confinado en un rancho.

–Si no hay intermediarios, ¿cómo se comunica un presidente como usted?

–El tono oficial me da un poco de miedo. Puede tener credibilidad durante un tiempo, pero después la pierde. Yo tengo un programa de radio. Sale los lunes. Dura cinco minutos. A veces hasta llego a seis minutos. Lo grabo el domingo a la noche y después no es obligatorio difundirlo. Lo transmite la radio que quiere hacerlo. Sí disponemos de la NBR, la televisión del gobierno, que divulga íntegramente las cosas que hacen los gobiernos. Se transmiten enteros todos los discursos.

–¿La NBR está en televisión abierta?

–No, no. Aún estamos construyendo todavía la tevé pública. Es un proceso de fortalecimiento. Pero no queremos que la tevé pública quede como un canal para transmitir las actividades del presidente. Nadie soporta eso todos los días. Mi ideal es que todos nos comprometamos con la verdad. Incluso los medios de comunicación. Cuando el pueblo esté bien informado, todos estarán bien informados. El Estado no tiene por qué tener un instrumento oficial para transmitir. Sí debe contar con una tevé pública con programación de calidad, de contenido competitivo en forma y en fondo. El Estado no debe competir con los privados en materia de financiamiento. Debe ser el primero en pluralidad de informaciones, porque eso dará credibilidad al Estado. Y al mismo tiempo, ser el primero en la seriedad de las informaciones. La tevé pública no debe decir que el presidente Lula está vestido con traje blanco cuando tiene uno negro. No tiene por qué decir que juega bien o mal al fútbol. Si, al contrario, se compromete con la verdad, puede ser que a un presidente o a otro no le guste lo que dice la tevé, pero la democracia lo agradecerá. Yo no hubiera sido presidente sin democracia. Recordemos, por ejemplo, aquella foto famosa del primer gobierno de la Revolución Rusa. En esa dirección política no hay un solo obrero metalúrgico. Y así pasa normalmente en muchas revoluciones. Las direcciones políticas son siempre de clase media. O de intelectuales. Pero en Brasil conseguimos crear democráticamente un partido con mayoría de trabajadores y llegamos a la presidencia de la República. Y todo eso en poco más de 20 años.

“El derecho de comer”

Hay una imagen famosa de Lula. Lo muestra dando un discurso en un estadio de San Pablo mientras sobrevuelan los helicópteros de la dictadura.

–Tengo una conducta que viene del movimiento sindical –dice–. La democracia, para mí, no es una media palabra. Es una palabra completa. Algunos entienden por democracia apenas el derecho del pueblo a gritar que tiene hambre. Yo entiendo por democracia no sólo el derecho de gritar contra el hambre sino el derecho de comer. Esa es la diferencia fundamental. Democracia, para mí es permitir el derecho de adquirir conquistas, y no sólo el derecho a la protesta. Es un tema delicado. Aquí en Brasil hicimos una Conferencia de Comunicación. Participaron algunos dueños de medios de comunicación, de telefonía, gente del movimiento social, los blogueros... Todos. Todos los que quisieron participar. No me quejo. Pero aquí debería invitar a Emir Sader a que dé una conferencia para los dueños de diarios y les diga lo que él sostiene: que tienen obligación de informar. Ellos no lo creen así. Muchas veces parece que tuvieran obligación de desinformar. Miren los diarios y las revistas de los últimos tiempos. ¡Y no hubo un presidente que haya dado a la democracia la importancia que le di yo! Es importante entender lo que pasa en Brasil. El pueblo levantó la cabeza y la autoestima a un nivel extraordinario. Y todavía va a mejorar más. Cuanto más pluralismo tengamos, cuantas más opciones tengamos, mejor informado estará el pueblo, porque el pueblo dispondrá de una canasta de informaciones. Por eso es importante la revolución de Internet, que mucha gente no comprende o no quiere comprender. Después de Internet todo queda viejo. La Internet es en tiempo real. O sea: termino de dar una entrevista colectiva, vuelvo a mi oficina, me conecto y en 30 segundos están las noticias de todo el mundo. Incluso mi propia conferencia de prensa. No sé cómo hará el mundo para sobrevivir a esa avalancha de informaciones que recibe la sociedad. Las personas interactúan, responden, critican, se sienten coautoras de la noticia. Es extraordinario.


ECUADOR: LAS MISMAS CAUSAS Y OTRAS LECCIONES

Jorge Gómez Barata

El extravagante intento de Golpe de Estado en Ecuador es el primero entre los cientos que han tenido lugar en América Latina protagonizado por la policía. Sólo falta que en algún lugar lo intenten los bomberos. Lo trágico de la abortada asonada radica en que, al margen de excentricidades y de factores concurrentes, no se trata de una excepción, sino de una regularidad, no de un fenómeno coyuntural, sino estructural.

No hay en América Latina ningún líder por honrado, carismático o progresista que sea ni procesos políticos, incluso aquellos que por avanzados y justos disfrutan de estabilidad y cuentan con respaldo popular mayoritario, que estén a salvo de los excesos, los desmanes y la violencia proveniente de los poderes facticos y de donde menos cabria esperar: de las instituciones nacionales encargadas de preservar el ritmo institucional, hacer que se cumplan las leyes, se respete la voluntad popular y se mantenga el orden.

En muchos países, todavía los parlamentos son guaridas de camarillas corruptas, se practican abiertamente fraudes electorales, el ejército, el clero y los embajadores extranjeros se entrometan en la política y los medios privados sobrepasan su papel de información y propaganda para asumir un exagerado protagonismo político. Tales anomalías son expresiones del subdesarrollo y de profundas deformaciones estructurales.

Lo que como un mal endémico caracteriza la política latinoamericana es la debilidad y la irrelevancia de las instituciones civiles, especialmente de los poderes del Estado, cuya fragilidad las hace vulnerables y susceptibles de ser instrumentalizadas por demagogos, arribistas y conspiradores que, en unas y otras coyunturas, obedeciendo a fuerzas políticas internas o externas, tratan de apoderarse del poder por medios ilegales y violentos.

Las anomalías congénitas de los sistemas políticos, comunes a todas las repúblicas latinoamericanas, se originan por secuelas de siglos de conquista, colonización y dominación de las metrópolis; incluso en cierta medida emanan del carácter de las luchas por la independencia, guerras que a veces sirvieron de crisol donde, como fenómenos teratogénicos, se forjaron las élites pero también las satrapías criollas, las oligarquías, los caudillos y sus antediluvianas concepciones sobre el poder.

Aquellos y otros elementos, aliándose al capital extranjero, se apoderaron de las repúblicas como un botín y edificaron primitivas estructuras políticas que, en lugar de servir al desarrollo nacional, trabajaron en su propio beneficio.

Las desmesuradamente grandes, engreídas y políticamente protagónicas instituciones armadas y de seguridad características de Latinoamérica son parte del mismo sistema que generó las oligarquía nativas, excluyó a las mayorías populares, apartó como material de descarte a los pueblos originarios y es refractaria al Estado de Derecho y a la democracia.

Lo verdaderamente trágico de esas deformaciones y lo que impide que el progreso y el desarrollo político enderece las desviaciones y permita el funcionamiento razonablemente eficaz de las instituciones republicanas y la instalación de verdaderos estados de derecho, es que esos vicios parecen haberse integrados al ADN hasta formar parte de una cultura política que afecta a todos los actores políticos, infiltrándose incluso en la izquierda, que en ocasiones, extemporáneamente asume como opción métodos que debiera contribuir a erradicar.

Doscientos años después no hay ningún país latinoamericano que por razones circunstanciales, por enfoques partidistas o por influencias de liderazgos, no haya elaborado varias constituciones, cambiado una y otra vez las leyes electorales, derrocado gobiernos, disuelto parlamentos y anulado elecciones para regresar siempre a un punto en el cual todo está por hacer y hay incluso que refundar países. .

Las repúblicas latinoamericanas tienen como asignaturas pendientes una verdadera y profunda educación jurídica ciudadana, que permita a las masas y a los pueblos, dejar atrás el primitivismo, actuar siempre y no sólo a veces conforme a Derecho, aprender a usar el voto y otorgar la cuota de poder que corresponde a cada ciudadano a quien tenga meritos legítimos y no a cualquier demagogo.

De la experiencia histórica y de los hechos recientes, en varios países latinoamericanos resulta la certeza de que un cometido esencial de los procesos de cambio actualmente en marcha en América Latina y que afrontan tareas tan urgentes como son la lucha contra la pobreza y la exclusión, por el progreso, el desarrollo y la genuina independencia, es perfeccionar, sin improvisaciones ni experimentos, los modelos políticos democráticos y consolidar sistemas políticos modernos y viables.

Tal vez se trate de otra paradoja pero de hecho, entre las tareas más revolucionarias del momento en América Latina, figuran las de reforzar la institucionalidad, consolidar el Estado de Derecho, estabilizar el funcionamiento del sistema político y hacer irreversible los avances logrados, abandonando de una vez por todas la sensación de provisionalidad con que funcionan las instituciones estatales.

No se trata sólo de implantar la justicia social y lograr mayor equidad en la distribución de la riqueza común, de por si tareas inmensas, ni de conformarse con hacer posible que los procesos avanzados y sus líderes sobrevivan una temporada con la expectativa de que, cumplido un ciclo se retrocederá una vez más para luego volver a comenzar, sino que de consolidar lo alcanzado, romper el círculo vicioso, cesar la noria salvaje y hacer irreversibles los avances.

Me parece percibir esos matices en la amargura del presidente Correa. Tal vez el enfoque de la Revolución Ciudadana, ahora legitimado por sus más primitivos y enconados enemigos, sea una buena opción. Allá nos vemos.

La Habana, 2 de octubre de 2010