lunes, 21 de junio de 2010

TRAGEDIA EN EL GOLFO: EL FIN DE LA GRAN AVENTURA (II)

Jorge Gómez Barata

En la historia de cómo el hombre se hizo gigante hay cuatro factores determinantes: la inteligencia, la naturaleza gregaria, la audacia y la fe. La combinación de colectivismo, valor y talento, apoyados en un equipamiento biológico básico, dieron lugar a una combinación perfecta de evolución orgánica y progreso cultural que en su conjunto forman la historia de la humanidad.

Ya sea que se parta del Génesis o de la teoría de la evolución de las especies, existe un inicio y un lugar desde donde el hombre comenzó su andadura: el Jardín de Edén, ubicable en el entorno de Mesopotamia o la garganta de Olduvai en el Serengueti africano, según las evidencias arqueológica descubiertas por el doctor Louis Leakey. En cualquier caso desde esos sitios originales comenzó el poblamiento del planeta.

Asumiendo las colosales distancias recorridas, los obstáculos naturales, los diferentes climas y los enormes peligros afrontados por aquellas criaturas débiles y vulnerables que protagonizaron los eventos demográficos originales, mediante los cuales se formaron las culturas, las civilizaciones y más recientemente las naciones y los estados, habría que rendir homenaje al valor y la audacia de nuestros remotos antepasados que dotados de libre albedrio iniciaron el camino que condujo a hoy.

Lo cierto es que mediante los ininteligibles mecanismos por los cuales se instala y se trasmite la herencia cultural, la audacia y el valor, la disposición para tomar riesgos y asumir enormes sacrificios, venciendo incluso el poderoso instinto de conservación, las diferentes dimensiones de la espiritualidad, se integraron al DNA cultural e ideológico de la especie humana que, entre el cielo y la tierra, no reconoce límites ni imposibles.

Para no ir demasiado atrás, baste recordar el martirologio de los primeros cristianos, a Cristobal Colón que en rusticas embarcaciones desafió el Atlántico en una travesía que pudo ser sin retorno, la entereza de María Curie que entregó su vida a la ciencia durante la investigación de la radioactividad, la valentía de Yuri Gagarin que sonriente, encerrado e inmóvil en una capsula de metal, en “la punta de una llama” abrió la era de la conquista del espacio y los astronautas de la nave Apolo 11 que con más dudas que certezas viajaron a la luna y regresaron para contarlo.

De la audacia y la determinación del género humano da fe la historia económica que ha llevado a empresarios y obreros a correr riesgos enormes para extraer, trasladar y procesar las riqueza naturales, extrayéndolas de las entrañas de la tierra, los fondos oceánicos, la profundidad de los desiertos y lo ignoto de los polos.

Sin embargo, el progreso parece llegar a un punto en que determinadas acciones humanas comportan riesgos para toda la humanidad. Así ocurre con las pruebas nucleares que totalizan más de 20 000, razón por la cual se trabaja para alcanzar un acuerdo de prohibición total, extender la desnuclearización y hacer efectiva la no proliferación, caminos que en algún momento deberán conducir al desarme nuclear que con toda razón figurará entre las grandes conquistas de la humanidad.

Sin aquel dramatismo aunque con no menos urgencia se trabaja por alcanzar acuerdos para disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero y mitigar el cambio climático.

Lo más lamentable es que la cultura humana no sólo conoce entidades positivas, sino que también, mediante procesos extraordinariamente contradictorios que recuerdan una noria enigmática e interminable, produce y reproduce actitudes y anti valores que incluso bajo determinadas circunstancias, predominan haciendo prevalecer la codicia y el afán de lucro, fenómeno que algunos pensadores identifican erróneamente con determinados sistemas sociales. El capitalismo no creó la codicia ni el egoísmo, en todo caso puede haber sido a la inversa.

Del mismo modo que los afanes hegemónicos, aun después de finalizada la Guerra Fría hace que unos pocos países almacenen más de 40 000 armas nucleares, la insaciable sed de ganancias de las transnacionales, asociado a la incapacidad de los estados nacionales para cumplir sus obligaciones, emprenden aventuras como son la perforación de pozos petroleros en profundidades marinas a las que el hombre prácticamente no tiene acceso y sin garantías que excluyan desastres como el que minuto a minuto, desde hace dos meses, ocurre en las profundidades del Golfo de México donde literalmente se ha abierto una Caja de Pandora .

Es probable que, en el estado de la tecnología actual, sin apropiados recursos de emergencia, ese tipo de explotación que de alguna vez se asoció a la excepcional audacia del género humano, constituya una irresponsabilidad que si bien durante cierto tiempo aporta enormes ganancias, puede conducir a tragedias como las que ahora están en marcha, para la cual se ha puesto sobre el tapete incluso una opción nuclear.

Ojala los remedio no sean peores que la enfermedad.

La Habana, 21 de junio de 2010

San Salvador en crisis, más que vendedores


Licda. Norma Guevara de Ramirios

Después de 12 años de impulsar la participación ciudadana y la concertación como principios de gobierno en la ciudad capital, vivimos el brusco cambio hacia los métodos de una derecha autoritaria y necesitada de notoriedad, se empieza a mostrar el rostro brutal, expresado crudamente en los conflictos entre alcaldía y vendedores en la vía pública; pero silenciosamente los padecen también las comunidades más pobres a las que se deja burladas por el incumplimiento de proyectos aprobados desde la administración anterior y que están lejos de ser, como antes, actoras de la formulación de un Presupuesto Participativo.

La crisis es de modelo de gestión, se impuso en la capital, lo que el pueblo derrotó a nivel nacional, y con ello, viene una administración que busca un San Salvador sin informales donde sólo vendan los supermercados y grandes almacenes.


Se sabe además que la mayor parte de vendedores y vendedoras viven fuera de la capital, en Sonsonate, en Cojutepeque, en Rosario de Mora y que con el capricho de quitarles a toda costa sin el esfuerzo que representa la concertación se busca quedar bien con la parte de capitalinos que sienten su ciudad atrapada por la informalidad.

De la administración de Norman Quijano la gente se hizo ideas de lo que sería su gestión. Habló y mostró un metrobús a sabiendas de que el municipio carece de competencias para implantarlo; prometió bóvedas que cubrían el lado feo de las quebradas y sobre ellas bonitas canchas con cipotes alegres; y prometió el ordenamiento del Centro Histórico; a más de un año, esas promesas se hacen humo; pero sí no se hicieron esperar los despidos de cientos de trabajadores hombres y mujeres, la contratación de activistas y dirigentes de su partido empezando por el Ingeniero Ávila como asesor de seguridad, creación de plazas nuevas y un empeño en hacer y rehacer el mismo parque varias veces para contratar sin duda a empresarios amigos.


Un ejemplo de ello es el redondel de El Salvador del Mundo, varias veces se ha visto maquinaria, quitada de árboles y trabajadores; recién se instalan nuevas maquinarias ¿qué va hacer ahora sobre el mismo parque mientras el Puente de La Fosa que prometió sigue esperando?

El método de concertar y escuchar a la gente se ha quitado hasta de las ordenanzas municipales, sobre esa base se cambia al antojo, hasta el nombre del Boulevard Venezuela. Se han visto manifestaciones de comunidades del Distrito 5 reclamando el incumplimiento de proyectos aprobados y la organización de directivas paralelas para ignorar compromisos anteriores.

Pero el fondo de la crisis de San Salvador, radica en el interés electoral de la derecha arenera que tiene en la ciudad capital, la pieza más representativa y que sin duda la cúpula de ese partido buscará proteger para que se mantenga leal a su partido y que evite pasarse al otro partido; para ello la derecha empresarial empuja y empujará a su alcalde a actuar buscando notoriedad sin reflexionar ni concertar. Hasta Abril de 1997, los parques eran mercados y estaba la ciudad gobernada por areneros; en 12 años, se despejaron y recuperaron parques centrales como la Plaza Morazán, Parque Libertad, Parque Barrios, Palacio Nacional, Parque Bolívar, se rescató el Parque Cuscatlán y en todos los casos fue difícil pero se buscó concertar con la gente afectada. Toda la reconstrucción del Mercado Central después del incendio de Diciembre de 1998 se hizo sin mover a las vendedoras de su entorno, la construcción del Pabellón 10, que es prácticamente un nuevo mercado y el despeje de la 7ª Avenida y 12ª Calle se hicieron concer-tando con las más variadas asociaciones y con la mediación de la Procuraduría de Defensa de los Derechos Humanos y en casos hasta con el Arzobispado de San Salvador.

Debe tenerse claridad que el fenómeno de ventas ambulantes es una consecuencia de crisis. Unos carecen de empleo, a otros les gusta comprar en la calle; unos y otros viven mayoritariamente fuera de la capital; si el retiro de unos 200 vendedores de la zona de hospitales convierte el centro capitalino en escenario de una batalla campal por la falta de diálogo y concertación, imaginemos lo que significa mover a 16 mil vendedores y vendedores que es la cifra aproximada que ocupa las aceras y calles.


Sin opciones alternativas reales el resultado será tan dañino como el problema que lo origina; por el bien de la gente, conviene que la alcaldía haga caso de consejos sabios: Hablar, dialogar, construir alternativas aunque el avance parezca lento, se gana más respetando a la gente; hágalo Señor Alcalde.


Tomado de Co Latino

La opción de cambio perdió en Colombia

Por Lorenzo Gonzalo*

(Foto © Virgilio PONCE)

Cuando llegamos a una ciudad, los taxistas son una fuente de información social de gran valor, al menos para orientar el olfato de analistas políticos y sociales.

Existen pocas variantes en el número de opiniones, que transitan desde el apoyo al candidato oficialista Santos, el opositor Antana Mockus o la apatía.

Los últimos se lamentan de que las elecciones no cambiarán los males que impiden un mejor progreso. No importa quien gane. Sin embargo, muchos admiten que el candidato Atanna Mockus es “el menos malo”.

Otros se quejan de la globalización. Uno de ellos resumía este asunto diciendo que “los precios son los mismos aquí que en los países ricos, pero los salarios son cuatro veces más bajos”. Luego narra la complejidad de ser taxista y lo poco que se gana porque hay que “pagar a las empresas a las cuales por ley debemos afiliarnos”. “Tenemos además que pagar seguros que en nada nos protegen y en caso de accidente, tenemos que desembolsar dinero”.

Evidentemente se trataba de un chofer contrario al oficialismo, que al final se declaró partidario de Petro, el candidato de Polo que agrupa a la izquierda colombiana.

La mayoría de los conductores parecen ser partidarios de Santos. Al menos ese fue mi hallazgo entre las dos docenas cuyos servicios hube de utilizar. Bogotá tiene decena de miles de taxis que compensan la movilidad y enriquecen el transporte masivo. Curiosamente, varios de los taxistas eran jubilados y un alto porcentaje tenían educación formal. Cuatro de ellos dijeron ser ingenieros que trabajaron para compañías en otros países, como sus representantes o vendedores. En Colombia donde la educación tiene bajos niveles, el fenómeno de ver profesionales en tareas propias de calificaciones laborales bajas, es debido a la gran escasez de puestos de trabajo.

Los partidarios de votar por Mockus, aunque fueran simpatizantes de otros políticos, aducían la corrupción y el clientelismo implementado por el Presidente Uribe.

Los seguidores de Santos, manifestaban su intención de voto como un tipo de agradecimiento hacia el mandatario que termina su período. Las razones aducidas son la lucha contra la guerrilla, la cual asocian con la violencia. Es curioso que sea únicamente la guerrilla la asociada con éste flagelo que tantas víctimas inocentes ha ocasionado y no incluyan a los paramilitares, de quienes existe una amplia documentación de desmanes pocas veces igualados en la historia. En otras instancias, cuando se menciona la guerrilla la asocian con el narcotráfico. Son los clichés, introducidos por la prensa que se sostiene con los anuncios comerciales de los grandes intereses que controlan el poder.

Otras personas, trabajadores de supermercados y servicios, también manifiestan ser partidarios de votar por Santos. En todos los casos, la razón fundamental es que el gobierno de Uribe logró una paz relativa que los ciudadanos agradecen. El análisis no va más allá. No importa que ese mismo gobierno no haya sido capaz de sacar de la pobreza a amplios sectores de la población; que los precios de los productos alimenticios sean más de una vez, superior al de Estados Unidos y el salario varias veces inferior. Las personas agradecen por encima de todo la “seguridad” inmediata que significa andar con cierta tranquilidad por las carreteras y que muchos hayan podido regresar a visitar a sus familiares en pequeñas poblaciones que quedaron aisladas por una violencia incontrolada y sobre todo injustificada.

Colombia es de los pocos países latinoamericanos y caribeños que, durante los últimos años, ha mostrado un aislamiento del conjunto de los países hemisféricos. Las nuevas tendencias reformistas, de la mayoría de los gobiernos del área, han contrastado con una especie de empecinamiento del gobierno de éste otro país, por estigmatizar los procesos de cambio. La existencia de un movimiento guerrillero, convertido cada vez más en un reclamo marginal que aspira a proclamar cambios desde fuera de las instancias políticas, le ha restado capacidad de gobernación a los poderes de turno. La violencia, que no sólo viene de la guerrilla y cuya existencia la precede largamente en el tiempo, ha sido manipulada y convertida en programa político. Bajo el signo de semejante estrategia, los asuntos más pertinentes, relacionados con la solución de la pobreza, han sido anulados y las relaciones vecinales han sido sacrificadas en aras de satisfacer ciertos intereses contrapuestos a la región, que se mueven en Washington.

La manipulación de la violencia, por los representantes del poder, ha logrado que la Colombia de hoy asocie las ideas progresistas y los planteamientos de cambio y reformas económicas con la guerrilla. De aquí que las llamadas izquierdas, estén tan debilitadas y se hayan fragmentado en debates bizantinos o irracionales.

Es injusto decir que en Colombia ha ganado el oficialismo, cuando en la realidad se ha tratado de un voto contra la violencia, erróneamente adjudicada únicamente a la guerrilla. Dicha visión desconoce que el crimen y la opresión que se desprende de dicha práctica, tiene sus orígenes en hechos tan recientes como los gobiernos represivos y dictatoriales que fueron impuestos para servir de punta de lanza a Estados Unidos en su Guerra Fría contra la antigua Unión Soviética. Pero más allá de esos orígenes tan recientes, existieron los gobiernos generados por la proliferación del soborno que introdujo el interés foráneo en conjunción con inmorales egoísmos nacionales. En la realidad, en ésta elección que acaba de producirse en Colombia, los únicos perdedores han sido las nuevas generaciones que han quedado apresadas por una forma de lucha que caducó cuando el voto se convirtió en un instrumento posible para elegir las corrientes del poder. La guerrilla, si alguna vez tuvo razones reales de lucha, perdió su vigencia cuando los mecanismos políticos hicieron posible cjava-scriptr los cimientos de los viejos poderes.

No obstante, los resultados logrados hasta el momento, pudieran enriquecerse, si se pone en práctica la concepción ética de vida, que predica Mockus, quien le restó importancia al fracaso de perder la contienda y convocó a trabajar con el nuevo gobierno, ser vigilante de sus actos y sobre todo, no aceptar compromisos infundados. Su discurso fue una apelación para construir Colombia desde la oposición, en la seguridad de que por ese camino, las nuevas fuerzas llegarán al poder.

La guerrilla, que quizás en un momento se convirtió en una esperanza para cambiar la realidad, es hoy una pesadilla que contribuye a mantener al país aislado de los cambios de los nuevos tiempos. Su existencia constituyó un indiscutible baluarte para el triunfo de Santos, porque desgraciadamente, la seguridad es muchas veces más importante que los alimentos, la educación y la salud misma.

De la contienda electoral de Colombia, quizás podamos decir que Santos no fue el ganador y que la opción de cambio, erróneamente identificada con los remanentes guerrilleros, fue la gran perdedora.

21 de Junio del 2010

*Lorenzo Gonzalo: periodista cubano residente en Miami y sub director de Radio Miami.