domingo, 13 de junio de 2010

LA GUERRA Y LA BOMBA

Jorge Gómez Barata

La bomba atómica fue creada en medio de la más terrible de las guerras y para conjurar la peor de las amenazas que haya enfrentado la humanidad: el fascismo. Hasta el momento en que se sospechó que Hitler avanzaba en esa dirección los gobernantes, tanto norteamericanos como soviéticos, no habían trabajado para crearla. De hecho, en materia atómica, Alemania, Gran Bretaña y Canadá estaban más avanzados que Estados Unidos y la Unión Soviética; Roosevelt y Stalin fueron convencidos por sus científicos del peligro que representaban los avances de los nazis en esa área de la física.

En 1939, instancias de Leo Szilárd quien representaba una hornada de reputados físicos, Albert Einstein envió una carta al presidente Roosevelt, advirtiéndolo del peligro e instándolo a realizar investigaciones en esa dirección. En 1943 se dio luz verde al Proyecto Manhattan, encaminado a crear la nueva arma. La tarea fue encomendada a un grupo de científicos liderados por Robert Oppenheimer, Vannevar Bush y el coronel Leslie Groves a cargo de las tareas organizativas, de seguridad e intendencia.

Aquellos hombres, presionados por las urgencias de la guerra, en estricto secreto, separados de sus familias y de sus trabajos, arriesgando su salud y su seguridad, aislados en un laboratorio en el desierto, en 2 años y tres meses, al costo de 20 mil millones de dólares de hoy, crearon tres bombas. Muchos de ellos no nacieron en los Estados Unidos, eran judíos, liberales y socialistas y varios habían tenido vínculos con partidos comunistas. Ninguno traicionó. Cierto es que luego el Macartismo los persiguió pero esa es otra historia.

Otras fueron las lamentables circunstancias en las que la bomba fue utilizada contra Japón que, después de la rendición de Alemania, con la guerra perdida, se empecinó en continuar la lucha. La muerte de Roosevelt el 12 de abril de 1945, el ascenso al poder de Harry Truman y el inicio de un clima de desconfianza hacia la Unión Soviética, modificaron el escenario que condujo al uso de la bomba atómica contra Hiroshima y Nagasaki y posteriormente a la Guerra Fría.

Como parte del proyecto Manhattan, los norteamericanos fabricaron tres bombas atómicas; no había una cuarta bomba y Estados Unidos pudo emplearlas todas porque no era posible una respuesta. El 29 de agosto de 1949, en el polígono de Semiplatinsk, hoy Kazajstán, la Unión Soviética debutó como potencia nuclear. Terminó el monopolio, se puso fin al chantaje atómico y la hegemonía militar norteamericana fue retada. Comenzó la Guerra Fría.

El devastador bombardeo atómico norteamericano contra el Japón convirtió a las armas nucleares no sólo en un aterrador medio de destrucción sino en el elemento de disuasión que contuvo los aprestos bélicos y determinó que pese a enormes tensiones, durante los cincuenta años que duró la Guerra Fría las bombas atómicas no fueran utilizadas.

Cuando en Yalta (febrero de 1945) se ultimaron los detalles para el funcionamiento del Consejo de Seguridad, acordándose lo relativo al veto, todavía no existía la bomba atómica, que no sería probada hasta el 16 de julio de ese mismo año, por lo cual el órgano no fue originalmente creado como un club nuclear, cosa en la que se convirtió cuando, sucesivamente, en 1949, 1952, 1960 y 1964, la Unión Soviética, Gran Bretaña, Francia y China detonaron sus respectivos artefactos atómicos.

La carrera armamentista y el desarrollo de la cohetería durante la Guerra Fría, el pánico a las armas atómicas y el desarrollo del movimiento pacifista, dieron lugar a que en 1968 se firmara el Tratado de No Proliferación Nuclear que, a partir de compromisos estatales, al amparo del derecho internacional y en el marco de la ONU, trató de frenar la difusión del diabólico engendro.

Como se sabe, el Tratado de No Proliferación no impidió que la India, Pakistán, Israel, Sudáfrica y Corea del Norte crearan armas atómicas, cosa que no hubiera sido posible sin la complicidad de las potencias poseedoras de la tecnología nuclear que, por razones políticas, contraviniendo los términos acordados, clandestinamente e irresponsablemente, transfirieron conocimientos y material atómico.

Poseer armas atómicas no hace a ningún Estado ni a ninguna nación más soberano. En realidad, aunque en ocasiones, a partir de consideraciones políticas circunstanciales se estime otra cosa; una vez suscrito el Tratado de No Proliferación, tanto en términos morales como jurídicos, poseer armas nucleares no es un “Derecho” y que otros la posean no es un pretexto para favorecer la proliferación.

Es cierto que el orden internacional es sumamente injusto y que algunos países muy poderosos no se atienen a las reglas que ellos mismos promueven pero, aunque pocos, los instrumentos de derecho internacional son conquistas de la humanidad y desconocerlos no debería ser tolerado y mucho menos aplaudido.

En los años cuarenta, Robert Oppenheimer sentenció que era imposible mantener en secreto la física por lo cual, para el año dos mil, 50 países tendrían bombas atómicas. Afortunadamente se equivocó y si bien existen alrededor de 50 estados con capacidad para crearlas, como son: Alemania, Japón, Canadá, Australia, todos los países de Europa Occidental, Corea del Sur, Taiwán, Brasil, Argentina, México y varios estados de la ex Unión Soviética se abstuvieron porque comprendieron que tener arsenales atómicos no los haría más felices ni más seguros.

Incluso ante eventos como el de Chernóbil y de cara a argumentos ambientalistas, por razones de seguridad y ecología, algunos estados han renunciado al desarrollo de la energía nuclear, establecido límites a su crecimiento o fijados periodos de moratorias.

La humanidad, los lideres y los representantes de los pueblos tienen el derecho y el deber de denunciar la proliferación nuclear, a condenar y oponerse por todos los medios a las injusticias, los abusos y los chantajes como los realizados por Israel y presionar para que la comunidad internacional, especialmente el Consejo de Seguridad deje de emplear un doble rasero y suprima la ambigüedad nuclear.

La seguridad internacional es fruto de la paz y la paz es un resultado de la política, no de la fuerza. El futuro de la humanidad es el desarme nuclear y no la proliferación.

Naturalmente hay personas que piensan de otro modo y están en su derecho aunque ello no legitima ninguna intención de crear nuevas armas nucleares. El Tratado de No Proliferación es explicito y hasta hoy ha asegurado que todos los estados que se lo han propuesto, accedan al uso de la energía nuclear con fines pacíficos.

Producir electricidad a partir del átomo y utilizar isotopos atómicos en la medicina o la agricultura y crear bombas atómicas son campos perfectamente deslindados. Todos los estados conocen los límites.

La Habana, 12 de junio de 2010

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Carta de Albert Einstein a Franklin D. Roosevelt

Albert Einstein
Old Grove Rd.
Nassau Point
Peconic, Long Island

2 de Agosto de 1939

F. R. Roosevelt
President of the United States
White House
Washington, D.C.

Señor;
Algunos recientes trabajos de E. Fermi y L. Szilárd, quienes me han comunicado mediante manuscritos, me llevan a esperar, que en el futuro inmediato, el elemento uranio puede ser convertido en una nueva e importante fuente de energía. Algunos aspectos de la situación que se han producido parecen requerir mucha atención y, si fuera necesario, inmediata acción de parte de la Administración. Por ello creo que es mi deber llevar a su atención los siguientes hechos y recomendaciones.

En el curso de los últimos cuatro meses se ha hecho probable -a través del trabajo de Joliot en Francia así como también de Fermi y Szilárd en Estados Unidos- que podría ser posible el iniciar una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio, por medio de la cual se generarían enormes cantidades de potencia y grandes cantidades de nuevos elementos parecidos al uranio. Ahora parece casi seguro que esto podría ser logrado en el futuro inmediato.

Este nuevo fenómeno podría ser utilizado para la construcción de bombas, y es concebible -pienso que inevitable- que pueden ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas. Una sola bomba de ese tipo, llevada por un barco y explotada en un puerto, podría muy bien destruir el puerto por completo, conjuntamente con el territorio que lo rodea. Sin embargo, tales bombas podrían ser demasiado pesadas para ser transportadas por aire.

Los Estados Unidos tienen muy pocas minas de uranio, con vetas de poco valor y en cantidades moderadas. Hay muy buenas vetas en Canadá y en la ex-Checoslovaquia, mientras que la fuente más importante de uranio está en el Congo Belga.

En vista de esta situación usted podría considerar que es deseable tener algún tipo de contacto permanente entre la Administración y el grupo de físicos que están trabajando en reacciones en cadena en los Estados Unidos. Una forma posible de lograrlo podría ser comprometer en esta función a una persona de su entera confianza quien podría tal vez servir de manera extra oficial. Sus funciones serían las siguientes:

a) Estar en contacto con el Departamento de Gobierno, manteniéndolos informados de los próximos desarrollos, y hacer recomendaciones para las acciones de Gobierno, poniendo particular atención en los problemas de asegurar el suministro de mineral de uranio para los Estados Unidos.

b) acelerar el trabajo experimental, que en estos momentos se efectúa con los presupuestos limitados de los laboratorios de las universidades, con el suministro de fondos. Si esos fondos fueran necesarios con contactos con personas privadas que estuvieran dispuestas a hacer contribuciones para esta causa, y tal vez obteniendo cooperación de laboratorios industriales que tuvieran el equipo necesario.

Tengo entendido que Alemania actualmente ha detenido la venta de uranio de las minas de Checoslovaquia, las cuales han sido tomadas. Puede pensarse que Alemania ha hecho tan claras acciones, porque el hijo del Sub Secretario de Estado Alemán, von Weizacker, está asignado al Instituto Kaiser Wilheln de Berlín, donde algunos de los trabajos americanos están siendo duplicados.

Su Seguro Servidor,


A. Einstein