viernes, 11 de junio de 2010

LA RAZÓN DE LULA

Jorge Gómez Barata

Tras la reciente votación en el Consejo de Seguridad de la ONU en la que se aprobaron nuevas sanciones contra Irán, ejercicio en el cual los miembros permanentes votaron de modo unánime mientras Brasil y Turquía lo hacían en contra, el presidente brasileño Luis Inacio Lula da Silva declaró: “…El Consejo de Seguridad representa la misma correlación de fuerzas que cuando fue creado…” Fue lapidario.

La historia del Consejo de Seguridad refleja el proceso de concertación entre las grandes potencias para construir una hegemonía planetaria bajo su egida, propósito al que subordinan consideraciones ideológicas que parecieron infranqueables. Alguna vez, en ese órgano junto a Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia estuvieron la Unión Soviética y los representantes de Chiang Kai-shek. Nadie debería extrañarse de lo que ahora ocurre. La empatía no es ideológica sino geopolítica.

Setenta años atrás, cuando se hizo evidente que la guerra desatada por Hitler no era un conflicto europeo más y fue obvio que Estados Unidos se vería involucrado, el presidente Franklin D. Roosevelt, desencadenó un proceso que conduciría a la integración de la coalición aliada, a la conducción colegiada de la guerra y a la creación de la ONU, empeño en el que le acompañarían Stalin y Churchill.

En 1933 cuando Roosevelt y Hitler tomaron el poder en Alemania y los Estados Unidos respectivamente, los norteamericanos no sólo no querían involucrarse en una guerra, sino que no podían hacerlo porque lo impedían las leyes de neutralidad dictadas como resultado del desastre que para Estados Unidos significó la Primera Guerra Mundial, en la cual sus fuerzas tuvieron casi 150 000 muertos, cosa que el Congreso no le perdonó al presidente Wilson a quien penalizaron al no suscribir el Tratado de Versalles, vetar el ingresó en la Sociedad de Naciones y aprobar las mencionadas leyes.

El curso que condujo a la formación de la ONU comenzó el 14 de agosto de 1941 cuando en las costas de Terranova, a bordo del HMS Príncipe de Gales, el presidente de los Estados Unidos, Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill, el primer británico, suscribieron la “Carta del Atlántico”, texto al que rápidamente se adhirieron casi treinta países, incluyendo a la Unión Soviética y que se convertiría en borrador para la Carta de la ONU, adoptada en San Francisco el 26 de junio de 1945.

Ningún otro proceso político internacional de la Era Moderna fue conducido con más apego al consenso como la creación de las Naciones Unidas, mérito que corresponde a Roosevelt, Churchill y Stalin, que pese a diferencias ideológicas y políticas y en una época en que la aviación daba sus primeros pasos y la navegación marítima era insegura, se encontraron personalmente en tres oportunidades, en las cuales avanzaron en el diseño de un sistema de seguridad colectiva para la posguerra que les permitiría no enfrentarse entre ellos y dictar pautas al mundo.

En noviembre de 1943, camino de Teherán, Roosevelt y Churchill hicieron escala en El Cairo para encontrarse allí con Chiang Kai-shek, entonces reconocido como máximo representante de China y tratar con él aspectos de la guerra contra Japón y del futuro de Asia. Días después entre el 28 de noviembre y el primero de diciembre de 1943, en Teherán se sumaría Stalin para protagonizar el primer encuentro de los Tres Grandes.

Meses después se reunieron en Moscú los representantes de las tres potencias más China para delinear los contornos de la organización internacional que formaría el núcleo del sistema de seguridad colectiva de la posguerra. Más tarde en Dumbarton Oaks, se trabajó en la redacción de la Carta de la ONU, en cuyos aspectos principales hubo consenso excepto en lo relativo al Consejo de Seguridad. Se trataba de decidir cómo se adoptarían las decisiones de obligatorio cumplimiento y quienes decidirían sobre el uso de la fuerza.

En febrero de 1945 en Yalta, Roosevelt, Churchill y Stalin, personalmente perfilaron el Capítulo VII de la Carta de la ONU y resolvieron que los tres países que ellos representaban más China (luego se sumaría Francia) serían los miembros permanentes del Consejo, acordando una clausula, según la cual las decisiones vinculantes y el uso de la fuerza requeriría de la unanimidad de ellos cinco, de ahí nació el veto.

El resto de la historia es conocido. En 1971 la República Popular China fue admitida en la ONU y ocupó el puesto que legítimamente le corresponde en el Consejo de Seguridad, en el cual la potestad de veto ha sido ejercida en cientos de ocasiones, en primer lugar por la Unión Soviética, para impedir resoluciones condenatorias o discriminatorias, Estados Unidos para defender a Israel y en menor medida por el resto de las potencias; quien menos ha abusado de ese privilegio es la República Popular China.

Lula, con la amargura de haber sido ignorado no sólo por Estados Unidos y sus aliados tradicionales, sino también por Rusia y China, sus socios en el BRIC que en lugar de maniobrar, asumir positivamente el acuerdo alcanzado para el intercambio de uranio y ganar tiempo para dar una oportunidad a la diplomacia, prefirieron distanciarse y dejar al Estado persa en una peligrosa soledad, deberá ahora reconsiderar alguna de sus prioridades.

El pragmatismo de Rusia y China pueden haber traído a Brasil de regreso de la ilusión de que, en una eventual ampliación del Consejo de Seguridad, pudiera acceder como miembro permanente un órgano que no es otra cosa que un club de millonarios armados con bombas atómicas, preocupados sobre todo por conservar los equilibrios estratégicos que les permitan realizar sus objetivos nacionales e internacionales, empeño ante lo cual sacrifican cualquier otra consideración.

Es probable que si alguna vez el Consejo fuera ampliado, será el propio órgano quien decida quienes cuentan con avales suficientes para acceder al más selecto de los clubes políticos. Por mi parte no albergo duda acerca de que, en lugar de a una impredecible potencia emergente, preferirán a Alemania, Japón e Italia sin importar que antes fueran las potencias derrotadas, dos de las cuales eran países ocupados cuando en 1945, cincuenta naciones, la mitad de ellas del Tercer Mundo, fundaron la ONU.

Brasil ha llegado a un punto del camino en el cual no puede evadir la elección: Está con ellos o está con los otros. Allá nos vemos.

La Habana, 11 de junio de 2010

SON LAS IDEAS JUSTAS, ESTÚPIDOS

Por Manuel E. Yepe

Quien quiera comprobar, o demostrar, la solidez del proyecto revolucionario cubano y su irreversibilidad, puede tomar como base para el análisis la actitud de los cinco cubanos que permanecen como prisioneros políticos en cárceles de Estados Unidos hace más de once años, distantes entre sí y sometidos a múltiples vejámenes, por delitos de los que no son culpables, según criterio de cuanta persona inteligente y honrada de cualquier parte del mundo que se ha interesado en el caso.

Millares de prestigiosas personalidades de las artes, las letras, las ciencias y la política se han pronunciado contra la injusticia, incluyendo un buen número de premiados Nobel, prestigiosas organizaciones de juristas y parlamentos de varios países.

Sin contacto alguno entre ellos, estos cinco patriotas cubanos han dado muestras reiteradamente, hasta en las condiciones más extremas de aislamiento, de una unidad de acción y una lealtad a su pueblo, a su patria y a sus ideales comunes que solo puede corresponder una nueva calidad humana que se ha forjado en la confrontación entre la revolución cubana y la superpotencia hegemónica.

Frente a las ficciones de la campaña difamatoria de Estados Unidos contra Cuba está la de que la continuidad de la revolución en el tiempo se debe a la persistencia en su liderazgo de la generación de dirigentes que encabeza Fidel Castro, y ningún mejor desmentido para ello que la firmeza de estos jóvenes patriotas. En ella hay una clara demostración de que la revolución independentista que vive Cuba desde 1868, que transcurre actualmente por su etapa decisiva en lucha contra el poder imperialista que pretende el lugar de la corona española, no depende de la decisión de un hombre por inmenso que éste sea, ni resulta de la voluntad de un grupo de personas sino del propósito congénito de una nacionalidad forjada en su propia lucha.

El proceso legal que se ha seguido contra estos cinco antiterroristas está siendo uno de los más prolongados y más sinuosos –por el cúmulo de arbitrariedades promovidas por el poder ejecutivo- en la historia judicial de Estados Unidos.

Esta historia comenzó en los años 90 del siglo XX, tras la caída del bloque socialista en Europa, cuando Cuba, necesitada de suplir la pérdida de ese mercado, el mayor en su comercio exterior y fuente casi única de créditos, optó por promover el turismo y la inversión extranjera como estrategia de supervivencia económica.

En Estados Unidos, los grupos contrarrevolucionarios cubanos financiados, entrenados y dirigidos por la Agencia Central de Inteligencia (CIA) arreciaron su guerra terrorista contra Cuba, en especial contra objetivos relacionados con el turismo y la inversión extranjera en la isla. Se llevaron a cabo acciones con explosivos contra algunos de los mejores hoteles y restaurantes de Cuba por mercenarios contratados en terceros países, a través de Miami. Las autoridades estadounidenses nada hacían contra estas formaciones terroristas.

Cuba, en legítima defensa, asignó a un grupo de jóvenes escogidos entre los millones con similares condiciones con que cuenta el país, la riesgosa tarea de infiltrarse, desarmados, en las filas de esas agresivas organizaciones mafiosas de Miami, para monitorear sus preparativos terroristas a fin de denunciarlos y así neutralizarlos.

Los resultados de ese peligroso trabajo fueron puestos en junio de 1998 a disposición del entonces presidente Bill Clinton por el escritor colombiano Gabriel García Márquez a solicitud del entonces presidente cubano Fidel Castro. Así llegó esa información al FBI que, de inmediato, en vez de arrestar a los terroristas, apresó a los antiterroristas.

Luego ha habido una sucesión de arbitrariedades que han enlodado el prestigio del sistema judicial estadounidense y, de paso, agravado el desprestigio de los medios de prensa en la nación, que prácticamente han hecho del proceso un secreto absoluto. Según encuestas, más del 90% de la ciudadanía no ha oído, visto o leído jamás información alguna acerca de éste, uno de los escándalos que mayor divulgación merecería en un país que alguna vez se proclamó paladín de la libertad de prensa.

Contra ellos, las autoridades de Washington han intentado de todo, aprovechando su situación de extrema indefensión. Incluso les han formulado, tanto al efectuarse los arrestos como recientemente, a lo largo de los once años transcurridos, reiteradas propuestas de colaboración y traición a su patria -que ellos han rechazado con vehemencia- a cambio de más benévolas sentencias.

Fernando González, René González , Antonio Guerrero, Gerardo Hernández y Ramón Labañino, son jóvenes intelectuales cubanos plenos de ideales de justicia y patriotismo que asumieron la heroica tarea con total conciencia de los peligros y la cumplieron exitosamente.

Su audaz acción sirvió para desarticular planes criminales de lesa humanidad y salvar cientos o miles de vidas de civiles, no solo en Cuba, sino también de Estados Unidos, ya que, si bien la campaña terrorista contra Cuba ha costado a la isla 3 400 muertos en los últimos 50 años, a estos grupos de mercenarios cubanos manejados por la CIA se atribuye participación en más de 360 hechos terroristas en territorio de EE.UU. desde 1959, entre ellos, el magnicidio de John F. Kennedy.

Los Cinco ostentan ya el título de Héroes de la República de Cuba como justo reconocimiento de sus compatriotas y han sido propuestos por organizaciones pacifistas de diversas partes del mundo para el Premio Nobel por la Paz, del que serían merecedores legítimos.

En las graves condiciones carcelarias, no ha decrecido el talento artístico, técnico o político que bullía en ellos cuando fueron apresados. Por el contrario, se les desarrolla cada vez más, en la medida en que su ejemplo se extiende, más allá de las nuevas generaciones de cubanos, a otras juventudes del continente que aspiran a ser como ellos.

La Habana, Junio de 2010.


Reflexiones del Compañero Fidel: El zarpazo al acecho

El martes 8 de junio, escribí la Reflexión “En los umbrales de la tragedia” en horas del mediodía, más tarde vi el programa televisivo “Mesa Redonda” de Randy Alonso, que se divulga como norma a las 6 y 30 p.m.

Ese día, destacados y prestigiosos intelectuales cubanos que participaban en la Mesa, ante las agudas preguntas del director, respondieron con elocuentes palabras que respetaban grandemente mis opiniones, pero que ellos no creían que habría razón para que Irán rechazara la posible decisión -ya conocida- que adoptaría el Consejo de Seguridad la mañana del 9 de junio, en Nueva York -sin duda alguna acordada entre los líderes de las cinco potencias con derecho al veto: Estados Unidos, Inglaterra y Francia, con los de Rusia y China.

En ese instante, expresé a personas cercanas que me suelen acompañar: “¡Cómo lamento no haber finalizado mi Reflexión expresando que nadie deseaba más que yo estar equivocado!”, pero era ya tarde, no podía retrasar su envío al sitio Web CubaDebate y al diario Granma.

El día siguiente, a las 10 a.m., conociendo que esa era la hora de la reunión, se me ocurrió sintonizar la CNN en español, que con seguridad daría noticias del debate en el Consejo de Seguridad. Pude así escuchar las palabras con que el Presidente del Consejo presentaba un Proyecto de Resolución, promovido días antes por Estados Unidos, apoyado por Francia, Gran Bretaña y Alemania.

Hablaron también varios representantes de los principales miembros implicados en el proyecto. La representante de Estados Unidos explicó por qué su país lo aprobaba, con el consabido pretexto de sancionar a Irán por haber violado los principios del Tratado de No Proliferación Nuclear. A su vez, el representante de Turquía, una de cuyas naves fue víctima del brutal ataque de las fuerzas élites de Israel, que transportadas en helicópteros asaltaron en la madrugada del 31 de mayo la flotilla que llevaba alimentos para el millón y medio de palestinos sitiados en un fragmento de su propia Patria, manifestó la intención de su gobierno de oponerse a nuevas sanciones a Irán.

La CNN, en el espacio que disponía para noticias, presentó varias imágenes de manos levantadas a medida que expresaban con gestos visibles su posición, entre ellas, la del representante del Líbano, país que se abstendría durante la votación.

La presencia serena de los miembros del Consejo de Seguridad que votaron en contra de la Resolución se expresó con la derecha firme de una mano de mujer, la representante de Brasil, que antes había expuesto con tono seguro las razones por las que su Patria se oponía al acuerdo.

Faltaba todavía un mundo de noticias sobre el tema; sintonicé Telesur, que durante horas satisfizo la incontable necesidad de información.

El Presidente Lula da Silva expresó en la ciudad de Natal, al nordeste del país, dos frases lapidarias: que las sanciones aprobadas eran impuestas por “quienes creen en la fuerza y no en el diálogo”, y que la reunión del Consejo de Seguridad “podría haber servido para discutir el desarme de los que tienen armas atómicas”.

Nada de extraño tendría que tanto Israel como Estados Unidos y sus estrechos aliados con derecho al veto en el Consejo de Seguridad, Francia y Gran Bretaña, quieran aprovechar el enorme interés que despierta el Mundial de Fútbol para tranquilizar a la opinión internacional, indignada por la criminal conducta de las tropas élites israelitas frente a la Franja de Gaza.

Es por tanto muy probable que el zarpazo se dilate algunas semanas, e incluso, se olvide por la mayoría de las personas en los días más cálidos del verano boreal. Habría que observar el cinismo con que los líderes israelitas respondan las entrevistas de prensa en los próximos días, donde serán bombardeados con preguntas. Oportunamente, ellos irán elevando el rigor de sus exigencias antes de apretar el gatillo. Ansían repetir la historia de Mossadegh en 1953, o llevar a Irán a la edad de piedra, una amenaza que gusta al poderoso imperio en sus tratos con Paquistán.

El odio del Estado de Israel contra los palestinos es tal, que no vacilarían en enviar al millón y medio de hombres, mujeres y niños de ese país a los crematorios en los que fueron exterminados por los nazis millones de judíos de todas las edades.

La cruz gamada del Führer, pareciera ser la bandera hoy de Israel. No nace del odio esta opinión, sino del sentimiento de un país que se solidarizó y prestó albergue a los judíos cuando en los días duros de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno proyanki de Batista trató de enviar de regreso desde Cuba un buque cargado de ellos, que escapaban de Francia, Bélgica y Holanda, a causa de la persecución nazi.

Conocí muchos miembros de la numerosa comunidad judía radicada en Cuba, cuando triunfó la Revolución; los visité y hablé con ellos en varias ocasiones. Nunca los expulsamos de nuestro país. Las diferencias con muchos de ellos surgieron con motivo de las leyes revolucionarias que afectaron intereses económicos y, por otro lado, la sociedad de consumo atraía a muchos, frente a los sacrificios que implicaba la Revolución. Otros permanecieron en nuestra Patria, y prestaron valiosos servicios a Cuba.

Una etapa nueva y tenebrosa se abre para el mundo.

Ayer, a las 12 y 44 p.m. habló Obama sobre el acuerdo del Consejo de Seguridad.

He aquí algunas notas de lo que expresó el Presidente, tomadas de CNN en español.

“Hoy, el Consejo de Seguridad de la ONU votó por mayoría a favor de una sanción contra Irán por sus repetidos incumplimientos…”

“Esta resolución es la sanción más fuerte que enfrenta el gobierno iraní y envía un mensaje inequívoco sobre el compromiso de la comunidad internacional por frenar la expansión de armas nucleares.”

“Por años, el gobierno iraní ha incumplido sus obligaciones recogidas bajo el Tratado de No Proliferación Nuclear.”

“Mientras los líderes iraníes se esconden detrás de retórica, sus acciones los han comprometido.”

“De hecho, cuando asumí hace 16 meses, la intransigencia iraní era fuerte.”

“Le ofrecimos perspectivas de un mejor futuro si cumplía sus obligaciones internacionales.”

“Aquí no hay doble standard.”

“Irán violó sus obligaciones bajo las resoluciones del Consejo de Seguridad para suspender el enriquecimiento de uranio.”

“Por eso, estas medidas tan severas.”

“Son las más rigurosas que haya enfrentado Irán.”

“Esto demuestra visión compartida de que en Oriente Medio no conviene a nadie desarrollar estas armas.”

Estas frases que he seleccionado de su breve discurso son más que suficientes para demostrar cuán endeble, débil e injustificable es la política del poderoso imperio.

El propio Obama admitió en su discurso de la Universidad Islámica de Al-Azhar en El Cairo que “En medio de la Guerra Fría, Estados Unidos desempeñó un papel en el derrocamiento de un gobierno iraní elegido democráticamente”, aunque no dijo cuándo ni con qué propósitos. Es posible que ni siquiera se recordara cómo lo llevó a cabo contra Mossadegh en 1953, para instalar en el gobierno la dinastía de Reza Pahlevi, el Sha de Irán, al que armó hasta los dientes, como su principal gendarme en esa región del Medio Oriente, donde el sátrapa acumuló una inmensa fortuna, derivada de las riquezas petroleras de ese país.

En aquel entonces el Estado de Israel no poseía una sola arma nuclear. El imperio tenía un enorme e incontrastable poder nuclear. Fue entonces que a Estados Unidos se le ocurrió la aventurera idea de crear en Israel un gendarme en el Medio Oriente, que hoy amenaza a una parte considerable de la población mundial y es capaz de actuar con la independencia y el fanatismo que lo caracterizan.


Fidel Castro Ruz

Junio 10 de 2010

11 y 59 a.m.