martes, 8 de junio de 2010

Denuncian en Ginebra doble rasero de EEUU. en política antiterrorista

Ginebra, 8 jun (PL) Organizaciones no gubernamentales (ONG) cubanas denunciaron el doble rasero y la incoherencia en la política antiterrorista de Estados Unidos durante la 14 sesión del Consejo de Derechos Humanos que sesiona aquí.

En una declaración conjunta, las ONG se referían a la injusta condena que cumplen los cinco antiterroristas cubanos en cárceles estadounidenses, detenidos arbitrariamente mientras el confeso autor de numerosos crímenes, Luis Posada Carriles, se pasea libre por las calles de ese país.

El documento menciona que Posada Carriles, autor intelectual en 1976 de la voladura en pleno vuelo de un avión de Cubana de Aviación con 73 pasajeros a bordo y responsable en 1997 de atentados con bombas contra hoteles en La Habana, goza de impunidad en Estados Unidos.

Nuestro pueblo conoce muy bien lo que significa el terrorismo por haberlo sufrido de una manera despiadada, desde hace más de cinco décadas y muchas veces auspiciado, protegido, financiado y organizado por el propio gobierno norteamericano, agrega la nota.

Añade que las familias cubanas víctimas de esos actos reclaman su derecho a medios de reparación efectivos.

El Movimiento Cubano por la Paz y Soberanía de los Pueblos, la Organización de Solidaridad con Pueblos de Africa, Asia y América Latina, la Asociación Cubana de las Naciones Unidas y la Federación de Mujeres Cubanas, firmantes del texto, rechazan a quienes prestan ayuda o refugio a terroristas.

Abogan porque no se use el territorio de un Estado para la organización de actividades de este tipo contra otro.

Tampoco para el entrenamiento de sus perpetradores, ni para violar los derechos humanos en nombre de la lucha contra el terrorismo, como lo ha sido la base naval de Guantánamo, subraya la declaración.

Las ONG valoran los esfuerzos de la oficina de la Alta Comisionada de los Derechos Humanos y del Consejo en la lucha contra el terrorismo.

Reclaman la ratificación, aplicación y respeto por parte de todos los Estados miembros de las Naciones Unidas de todos los instrumentos jurídicos internacionales en materia de terrorismo, finaliza el texto conjunto.

mgt/mbz

El triunfo de Silvio en Nueva York y las versiones de la derecha

Enrique Ubieta Gómez

Tomado de La isla desconocida

Hay un segmento del alma humana que es intocable, inexpugnable. Los ideólogos del capitalismo —que son en definitiva los que establecen las estrategias culturales de la contrarrevolución—, a pesar del poder totalitario que ejercen sobre los medios de información, saben que hay barreras infranqueables. Son símbolos que se alojan en profundos pliegues interiores, que se enraízan en la memoria, en la más íntima y afectiva y en la racional, y no pueden ser exterminados por la sistemática difusión de medias verdades o medias mentiras. Acuden entonces al mercado: venden el símbolo en versiones ligth, lo desnaturalizan, liman sus puntas de filo. Aún así, no siempre tienen éxito. Han sido infructuosos, por ejemplo, los intentos por domesticar el rostro amenazante del Che. Su presencia en prendas de vestir, en tatuajes, en afiches que los adolescentes cuelgan en las paredes de sus cuartos, son acciones combativas de resultados impredecibles, que no necesariamente siguen la lógica del mercado.

La Revolución cubana está llena de escollos como ese. Hace algunas semanas la gran prensa intentó manipular las palabras de Silvio —el más grande compositor cubano de canciones del siglo XX, según una encuesta popular que realizó la prensa nacional en los últimos días del milenio, pero también la Voz de la Revolución, su poeta—, para vender una exclamación cínica y falsa: ¡hasta Silvio se desilusiona! De nada valieron los desmentidos. Ahora, ante su éxito neoyorkino, los supuestos heraldos de la libertad de expresión se posicionan, cada uno en el papel asignado —lo que entienden por “diversidad”, es la unánime defensa del sistema desde los cuatro ángulos del cuadrilátero—, para condenar o para escamotear el sentido de su vigencia en un “público en éxtasis que lloró, jaleó y coreó al cantautor que le brindó sus versos a la revolución cubana”, según el contradictorio reportaje de Bárbara Celis para la corporación
PRISA, aparecido en El País.

El título del reportaje no puede ser más absurdo —incluso si nos atenemos a pasajes del texto como el citado—: “Poesía sin revolución en el Carnegie Hall”. Para justificar la sentencia, la autora separa lo inseparable y coloca sus propias palabras, para hacerlas creíbles, en boca de un salvadoreño, presuntamente ex revolucionario: “Silvio es poesía, es Latinoamérica, es el mundo, es nuestro. Es un maestro y cuando uno acude a escucharle eso es lo único que importa. Estoy seguro de que hoy aquí también hay gente en contra de la revolución y el comunismo pero está de acuerdo con la música”. Afirmación que en todo caso involucra a aquellos cubanos que crecieron y enamoraron a sus primeras novias o novios en Cuba (experiencia que compartieron en sus países varias generaciones de latinoamericanos), escuchando sus canciones, y luego emigraron por motivos más económicos que políticos. Pero, ¿es posible amar al músico Silvio y disentir, al menos emocionalmente, de sus letras?

La periodista insiste en que Silvio no hizo declaraciones políticas durante el concierto —aunque agrega que dedicó una canción a los cinco cubanos antiterroristas presos en Estados Unidos, a quienes llamó héroes, “expresada de forma elegante y comprensible” dice, para sugerir lo “políticamente correcto” que fue—, pero no entiende que Silvio, en sus conciertos, nunca hace declaraciones políticas habladas; él las canta. Cada una de sus canciones es una declaración de fe revolucionaria. Su expresa alusión a los cinco héroes hizo que el Carnegie Hall “se viniera abajo”, según la propia corresponsal de
PRISA, pero para ella el aplauso no implicaba apoyo: “daba igual lo que Silvio cantara, hiciera o dijera: su público, que le dedicó una larga y emocionante ovación en cuanto pisó el escenario y no dejó de echarle piropos a lo largo del concierto, interrumpiéndole constantemente, estaba allí para declararle pleitesía a un héroe musical al que llevaban esperando treinta años”. Esta es, por supuesto, la punta del cuadrilátero que intenta limarle el filo a Silvio, transformarlo de “cantautor” en “músico”, dos palabras que no se contradicen, pero que conducen la mirada hacia diferentes escenarios.

Julio Valdeón
reporta para El Mundo desde la misma esquina de su colega de PRISA, pero lo hace con más estilo. A diferencia de ella, no fue un escéptico observador, sino (por lo que se infiere de su entusiasmo) uno de los enamorados de su obra que acudieron a la cita. Sabe que Silvio “juega en la liga de los titanes”. No siente la necesidad de justificar sus elogios musicales —sin duda, el cantautor es un gran músico, ¿quién lo duda?—, aunque a veces se exceda en el afán de reducirlo todo a música: “El grupo que lo acompaña exuda virtuosismo” escribe. “A veces, como en el caso de El necio [¡nada menos que El necio!] o La maza, espolvorea matices insospechados, imaginativos, golosos”. Es válida su crónica, aunque se ciña a lo puramente interpretativo. Escribe lo único que puede escribir, si pretende que su periódico lo publique, y lo hace con dignidad.

Pero el cuadrilátero tiene otras esquinas.
El Nuevo Herald sabe que el asunto no es reseñar el espectáculo: en Miami no se entenderían las sutilezas manipuladoras de la prensa española (ya no sé de qué país es El País, con tanto capital norteamericano y ahora italiano —de Berlusconi— que tiene PRISA) y la ciudad se siente agraviada. La noticia no puede ser por tanto el triunfo de Silvio, sino la manifestación callejera en su contra. Los ideólogos de la derecha no se tragan los comentarios edulcorados que intentan darle una bienvenida mediatizada al cantautor. Desde su blog bushista, Hernández Busto la emprende contra los diarios peninsulares, en especial contra Valdeón: “Crónicas entusiastas en El País y El Mundo” escribe, y comenta con sarcasmo: “Silvio es ‘poesía’, dicen; y hasta escriben una crónica ‘poética’, llena de cosas como ‘Traía al hombro su zurrón de canciones tremendas’ o ‘sus canciones, telúricas, han puesto banda sonora a un tiempo de rosas y fusiles.’” Las crónicas peninsulares desagradan a la contrarrevolución, que no se deja engañar: Silvio es la Revolución cubana y los aplausos y vítores que recibe son el resultado de su extraordinario talento y de su probada militancia revolucionaria. Su obra no es rosada, no puede ser asumida —sin traicionarla— por la izquierda sistémica, “civilizada”, reformista; Silvio, su obra, es tan radical, tan revolucionaria, como el país donde nació, se formó y del que extrajo sus vivencias.