miércoles, 26 de mayo de 2010

CHEONAN: DAR UN CHANCE A LA PAZ

Jorge Gómez Barata

Además de para exponer a los pueblos de la península coreana a los enormes peligros de una guerra fratricida que pudiera ser la más cruenta y devastadora que ha conocido la humanidad, el hundimiento de la corbeta Cheonan el pasado 26 de marzo, sirve para recordarnos la fragilidad de una precaria paz que, en esa y otras regiones, es rehén de la Guerra Fría.

Como resultado de la II Guerra Mundial quedaron divididos tres países: Alemania, Vietnam y Corea. Dos de ellos Alemania y Vietnam, por sus propios caminos se reunificaron, recuperaron su identidad nacional y son comunidades que viven en razonable armonía. No ocurre así con Corea donde en los años cincuenta, la geopolítica enfrentó a hermanos con hermanos y amenaza ahora con un conflicto de mayores proporciones.

Entre 1950 y 1953 se libro la Guerra de Corea, el primer conflicto armado de la Guerra Fría y el único que, por persona interpuesta involucró a Estados Unidos, la Unión Soviética y la República Popular China. Versiones aparte, lo cierto es que una vez iniciadas las acciones, las tropas de Corea del Norte cruzaron el paralelo 38, literalmente arrollaron a los efectivos sudcoreanos y en dos jornadas, se situaron en las inmediaciones de Seúl, situada a menos de 100 kilómetros de la línea de demarcación formada por el paralelo 38˚.

Ante el colapso de las tropas sudcoreanas, el presidente Truman ordenó a las fuerzas norteamericanas apoyar a Corea del Sur y apeló al Consejo de Seguridad de la ONU que, con la ausencia del delegado soviético que podía vetar el acuerdo y la abstención de Yugoslavia, condenó a Corea del Norte y aprobó la formación de una fuerza multinacional, que en realidad fueron tropas norteamericanas al mando del general Douglas MacArthur. En la guerra participaron además “voluntarios” chinos en número que puede haber llegado hasta un millón de efectivos y pilotos soviéticos que estrenaron allí al legendario MIG 15.

Al margen del heroísmo de los combatientes de todos los bandos, nunca se ha librado una guerra tan costosa y absurda. En tres años, en los cruentos combates y las ciudades arrasadas perecieron alrededor de tres millones de personas para, al final llegar a una especie de “empate técnico”, que condujo a un armisticio y al restablecimiento del paralelo 38˚ como frontera, recreando una situación exactamente igual a la de tres años atrás. Ninguno de los adversarios pudo proclamar una victoria y como suele ocurrir en este tipo de conflicto: sembraron vientos.

Atrapados por los esquemas de la Guerra Fría, los dos estados coreanos, alineado uno a Estados Unidos, Japón y todo occidente y el otro próximo a la Unión Soviética, China y los países del socialismo real; las dos coreas soportaron los sacrificios de la reconstrucción de la industria, la infraestructura, la agricultura y toda la economía devastadas por la II Guerra Mundial, la ocupación japonesa y luego por la Guerra de Corea; a la vez que dedicaban enormes recursos materiales, financieros y humanos a la defensa, incluyendo una carrera armamentista que aunque perjudicó a ambos, resultó insostenible para la República Popular Democrática de Corea.

Con un enorme respaldo económico y militar de Estados Unidos y las potencias occidentales, que concedieron préstamos y créditos blandos, ventajas comerciales y transfirieron tecnologías avanzadas en condiciones privilegiadas a Seúl, aunque con enormes costos sociales, Corea del Sur registró un impresionante desarrollo industrial que se reflejó en los avances de su economía y en el bienestar de su pueblo.

Concluida la guerra, con sensatez y visión abarcadora, el líder histórico de La República Democrática Popular de Corea Kim Il. Sung, que había adquirido enorme prestigio y relevancia internacional por haber conducido la lucha anti japonesa, hizo de la reunificación pacífica del país, una filosofía y una agenda política integral a cuya consecución durante largos años se consagró casi por entero.

También en Corea del Sur, importantes líderes y personalidades, organizaciones juveniles y la sociedad civil, así como algunos políticos moderados, acogieron la prédica de la reunificación que trabajosamente ha conducido a avances expresados en esquemas de colaboración e intercambios familiares culturales e incluso económicos y en la creación de un clima de confianza.

Aunque debido a los antecedentes de la Guerra y la difícil convivencia de un pueblo y una nación dividida en dos estados con sistemas sociales diferentes, los avances logrados sobrevivieron a las tensiones generadas por las pruebas nucleares efectuadas por Corea del Norte. A pesar de incidentes de todo tipo, la agenda de la reunificación significaba una contención para los enemigos del socialismo y los halcones que, en lugar de un proceso pacífico, apostaban a la solución mediante la guerra y la violencia.

Las circunstancias creadas por la crisis del socialismo y la desaparición de la Unión Soviética, el perfil adoptado por Rusia y la proyección internacional de la República Popular China, crearon una situación sumamente crítica para Corea, agravada con la muerte de Kim Il. Sung en 1994.

Los costos de la determinación de resistir, sin apenas apoyo económico ni político, los enormes gastos que implica sostener una capacidad militar disuasiva que incluye a más de un millón de hombres sobre las armas y el desarrollo de la cohetería y de las armas nucleares, han requerido sacrificios que han llevado al pueblo coreano a situaciones de penuria extremas.

Sobre ese fondo tiene lugar el incidente de la corbeta Cheonan, que da lugar a una peligrosa escalada y abre una etapa de tensiones que implicará nuevos y mayores sacrificios para el pueblo de las dos coreas necesitado de paz para, según sus prioridades y disposición respectiva, resolver sus problemas internos y avanzar en consecución de la meta histórica de los hombres y mujeres honrados a ambos lados del paralelo 38: la reunificación pacífica del país.

Lamentar la muerte inútil de 46 marinos sudcoreanos, sacar presión a la caldera, no echar leña al fuego de ese conflicto y procurar un clima de avenencia que permita retomar el camino de las negociaciones, es el mejor servicio que puede prestarse hoy a dos comunidades humanas que forman una sola Nación y un pueblo que nunca debió dividirse.

Tiempo y modos razonables habrá para determinar quien tuvo la razón y quien obró irresponsablemente en torno al incidente del Cheonan y quien mostró la entereza necesaria para no ceder a las provocaciones. Ninguna filosofía hay más sabia que aquella que alienta la idea de que: “El único modo de ganar una guerra es evitándola”.

La Habana, 26 de Mayo de 2010

Vencer la mentira y el silencio

Ricardo Alarcón de Quesada*
La Habana

Diseminar la verdad sobre Cuba equivale a desafiar la poderosa ofensiva de propaganda que Washington lleva a cabo contra nuestra Revolución a la que ha dedicado incontables recursos durante más de medio siglo. Esa guerra que se nos hace tiene dos vertientes: de un lado, inunda el planeta de falsedades y calumnias contra la Revolución y del otro oculta con mano de hierro los principales aspectos de la realidad cubana. El mejor ejemplo es como esconden el caso de nuestros cinco héroes antiterroristas… Dura es la pelea frente al propósito de domesticar el pensamiento y someterlo a mentiras y silencios de los mercaderes que son dueños de lo que antaño se llamaba periodismo…

Durante el llamado juicio contra nuestros Cinco compañeros en Miami, todos los días quienes en él participaban eran asediados y provocados por maleantes con credenciales de prensa. Hasta la jueza protestó una y otra vez y le rogó al gobierno que detuviese aquel espectáculo lamentable. Lo que no se sabía entonces pero ahora se conoce es que esos llamados periodistas, todos los que desataron la sucia campaña contra nuestros cinco hermanos, eran empleados y pagados por el gobierno de Estados Unidos para promover la histeria anticubana y atemorizar a los miembros del jurado.

Es necesario escalar montañas para gritar a los cuatro vientos la verdad de los Cinco. Habrá que superar cordilleras, físicas y morales, vencer empinadas cuestas donde golpean el viento y la nieve, para que otros descubran una historia silenciada, prohibida. Habrá que emprender otra vez la hazaña del Libertador, volver de nuevo desde el valle de Caracas hasta el Altiplano con el reclamo de libertad y de justicia.


El próximo 14 de junio el sistema judicial norteamericano recibirá su última oportunidad para rectificar, aunque sea tardíamente, la arbitrariedad que comete hace ya casi doce años. Ese día vencerá el plazo final para que sus defensores soliciten al tribunal de Miami la reconsideración del caso de Gerardo Hernández Nordelo.

Contra él se formuló una acusación infame que la propia Fiscalía reconoció al final del juicio haber fracasado en demostrar pues carecía totalmente de pruebas. Sin embargo, Gerardo fue declarado culpable por un crimen que no existió, por un suceso en el que él no tuvo participación alguna. La bárbara condena que le fue impuesta – dos cadenas perpetuas más quince años de prisión – es agravada cruelmente con la prohibición a recibir la visita de su esposa desde aquel ya lejano 1998.

Su situación debería causar universal indignación y escándalo. Pocas veces se ha sido tan injusto y tan cruel con un joven de probada inocencia y de altruismo incomparable.

Gerardo Hernández Nordelo nació un cuatro de junio. En esa fecha, hace dos años, la Corte de Apelaciones de Atlanta emitió un veredicto ratificándole su desmesurada condena así como la de 15 años que cumple René González y al mismo tiempo, anulando las penas impuestas a Ramón Labañino, Antonio Guerrero y Fernando González y ordenando que los tres fueran sentenciados nuevamente.

Esa noche tuve el raro privilegio de hablar por teléfono con Gerardo. Él acababa de enterarse del singular regalo de cumpleaños que había recibido. De eso no habló. Recuerdo sus palabras, que desde entonces me persiguen, refiriéndose a los compañeros que deberían ser resentenciados: “Profe, no se vayan a confundir, libérenlos a ellos. Yo aguanto lo que tenga que aguantar. Confíe en mi, Profe, pero hagan lo que haya que hacer para sacarlos a ellos.”

Tratamos de cumplir su encomienda. Pero antes intentamos que la Corte rectificara y luego pedimos al Tribunal Supremo de Estados Unidos que accediese a revisar el injusto fallo. Nuestra petición generó una solidaridad sin precedentes. Diez verdaderos Premios Nobel, varios parlamentos y centenares de parlamentarios, juristas, personalidades y organizaciones e instituciones y asociaciones jurídicas y humanitarias de todo el planeta nos apoyaron. Sin explicación alguna los encumbrados jueces, a instancias de la Casa Blanca, se negaron a estudiar el asunto. Lo anunciaron el día que Gerardo y Adriana celebraban, a la distancia, su aniversario de bodas.

Nos enfrascamos en el proceso de las resentencias a Ramón, Antonio y Fernando. Debo decirles que en todas las comunicaciones con ellos insistían una y otra vez que su preocupación principal, más que la situación propia, era la suerte de Gerardo.

Las resentencias no pusieron fin a la injusticia. Logramos eliminar las condenas a perpetuidad que pesaban sobre Ramón y Antonio y reducir los años de prisión de Fernando y seguiremos litigando respecto a ellos y a René, usando todas las posibilidades que aparentemente ofrece el sistema norteamericano. Cada día que cualquiera de los Cinco pasa en prisión es una afrenta a la justicia.

El caso de Gerardo es mucho más complicado. Para él están cerradas ya todas las avenidas que, teóricamente, ofrece la enrevesada urdimbre del sistema norteamericano. Sólo le queda lo que allá llaman “habeas corpus”, procedimiento extraordinario y que da muy remotas y excepcionales posibilidades al acusado.


El propio Gerardo lo ha dicho. La justicia sólo vendrá cuando la dicte un jurado de millones. Se necesita que sean muchas las acciones para vencer el silencio, para que el pueblo norteamericano conozca la verdad y exija a sus gobernantes que liberen a los Cinco sin condiciones y de inmediato.

Para alcanzar esa meta nos falta mucho por hacer. Hagámoslo.

(Extracto de las palabras en la ceremonia de condecoración con la Distinción “Félix Elmuza” a los periodistas José Manzaneda de España y Pablo Fernández y Santiago Vega de Argentina. La Habana, 30 de abril de 2010).

* Ricardo Alarcón de Quesada. Presidente del Parlamento Cubano.


Emancipación argentina es la de Cuba y América


De multitudinarios han caracterizado los festejos por los 200 años de independencia. Autor: Reuters


Destaca Esteban Lazo trascendencia del Bicentenario de la nación sudamericana. Mandatarios de la región acompañaron los actos. Jóvenes médicos agradecen a Fidel

Juventud Rebelde
digital@juventudrebelde.cu
25 de Mayo del 2010 22:48:49 CDT

BUENOS AIRES, mayo 25.— La gesta emancipadora argentina de la que hoy se conmemoran 200 años forma parte también de nuestras propias batallas por la independencia, afirmó en esta capital el vicepresidente cubano Esteban Lazo, en encuentro con integrantes de los grupos de solidaridad con Cuba y de la Unión de Cubanos Residentes en Argentina.


La cita tuvo lugar este martes, antes del multitudinario acto que selló cinco días de conmemoraciones por el Bicentenario de la independencia argentina, con la presencia de los mandatarios de Venezuela, Ecuador, Bolivia, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile, y del Vicepresidente cubano.


Un espectáculo cultural con la presencia de numerosos artistas estaba previsto para cerrar la noche, anunció Telesur, tras la inauguración de la Galería de los Patriotas Latinoamericanos en la Casa Rosada, donde la mandataria argentina Cristina Fernández recordó el carácter popular de las conmemoraciones, así como la presencia de sus colegas latinoamericanos.


En la Galería se exhiben imágenes de más de 30 próceres de la independencia, entre ellos las de José Martí, y Ernesto Che Guevara, explicó PL.


El retrato de Martí, donado por Fidel se realizó a partir de un daguerrotipo original (1886) perteneciente a los fondos del Museo de la Ciudad de La Habana. Mientras, la imagen del Che, donada por el Presidente Raúl Castro, corresponde a la conocida foto tomada por Alberto Korda en abril de 1961.


Bicentenario de todos


A la vuelta de 200 años puede constatarse la plena vigencia del pensamiento de los próceres latinoamericanos, que vieron en la unidad y la integración los factores para lograr mayor fortaleza ante las potencias foráneas, había hecho constar Lazo durante el mencionado encuentro, reflejó PL.


Señaló que Martí encomió a todos estos luchadores, y enfatizó que el pensamiento de nuestros próceres debemos convertirlo en acción, en unidad.


El Vicepresidente cubano se refirió asimismo al injusto encarcelamiento que sufren desde hace más de una década en Estados Unidos cinco jóvenes luchadores antiterroristas y agradeció todo lo hecho en Argentina a su favor.


Lazo desenmascaró también la brutal campaña mediática lanzada desde los centros de poder de Estados Unidos y Europa contra su país, y puntualizó que «la historia de la Revolución es de generosidad, de amor a la vida, pero también de no ceder ante las presiones ni el chantaje de nadie».


Al término del encuentro, la secretaria general de Propuesta Tatú, organización que agrupa a jóvenes médicos argentinos graduados en Cuba, entregó a Lazo una carta de agradecimiento dirigida al líder de la Revolución Cubana, Fidel Castro.


La misiva expresa el compromiso de los egresados de la Escuela Latinoamericana de Medicina de servir incondicionalmente a los más necesitados.


El Vicepresidente y la delegación que le acompaña sostuvieron un encuentro con integrantes de la misión estatal cubana aquí.


Lazo se interesó por la marcha del programa Yo, sí puedo, que de 2003 a la fecha permitió librar del analfabetismo a más de 18 300 argentinos, y de la Operación Milagro, gracias a la cual fueron operados gratuitamente de la vista 28 800 nacionales.